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En un episodio que la prensa internacional ya denomina como Google vs. China, esa empresa se enfrenta por fin a la nueva superpotencia, después de años de incómoda convivencia en la que incluso Google se prestó para que los funcionarios chinos ejercieran la censura.
Fue en 2006 que Google aceptó bloquear la búsqueda sobre temas vedados por el gobierno chino (palabras como Dalai Lama o la masacre de Tiananmen arrojan resultados en blanco), lo que a nivel mundial le ocasionó muchísimas críticas, las mismas que pasó por alto en su afán de conquistar ese mercado.
Sin embargo, la gota que rebosó la copa la semana pasada fue la evidencia del intento de invadir las cuentas de Gmail de activistas chinos mediante sofisticados ciberataques dirigidos a servidores situados en Silicon Valley. Por esta razón Google anunció que no cooperará más con Beijing en el control de internet.
Algunos opinan que este episodio ocasionaría que Google cierre su operación en China, algo muy poco probable dada la importancia de ese mercado para el crecimiento de cualquier empresa global. Se anuncia que la Casa Blanca protestará ante Beijing, tal vez otra inocua pataleta que no inmutará siquiera al mayor tenedor de bonos del tesoro americano. Desde la invasión del Tíbet en 1950, el pragmatismo es el norte de las relaciones de Occidente con la China.
Pase lo que pase con Google en China, seguramente desde el Ministerio de Información decenas de miles de funcionarios seguirán a diario monitoreando internet. Los líderes chinos están convencidos de su deber de guiar a la opinión pública según su criterio y de velar por la seguridad de la información que circula por la web.
En todo caso no deja de impactar la foto del viernes pasado en la que aparece la ofrenda floral sobre el aviso de Google en su sede de Beijing. Es la forma como algunos usuarios han expresado su solidaridad y la preocupación frente al riesgo de perder el acceso a herramientas que les han permitido conquistar un poco más de libertad.