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El próximo 10 de abril —si se cumple lo previsto en la ley— deberá estar conformada la junta de la Autoridad Nacional de Televisión, entidad que reemplazará a la desaparecida Comisión Nacional de Televisión (CNTV).
De los cinco miembros de la junta, dos dependen del Gobierno: el ministro de las TIC y un representante del presidente de la República, cuya designación aún no se conoce.
La escogencia de los otros tres miembros está sujeta a un exótico proceso de selección, de alto riesgo jurídico y en el cual intervienen los gobernadores departamentales, la sociedad civil y la élite de las universidades públicas y privadas. Cada estamento tendrá un asiento en la nueva junta.
Los gobernadores tienen seleccionados a 12 candidatos y la designación de su representante corresponde a la Universidad de la Sabana. Por parte de la sociedad civil están inscritas 119 personas y la escogencia está a cargo de la Universidad Industrial de Santander. Las universidades públicas y privadas tienen 13 candidatos y la Universidad del Valle elegirá a su representante.
Mucho cuidado, señores rectores. Las tres universidades gozan de un merecidísimo prestigio y de ninguna manera pueden terminar pringadas por las viscosidades que históricamente caracterizaron los procesos de elección de los miembros de la CNTV. Entre todos los aspirantes hay muchos que ni siquiera cumplen los requisitos legales y dentro de los que los cumplen hay algunos que no deberían estar en la nueva junta.
Al parecer muchos de los candidatos son cercanos al actual comisionado Alberto Guzmán y a excomisionados de ingrata recordación. Por el bien de la televisión, lo ideal sería que entraran vientos renovadores en el manejo del medio y que se mantuvieran lejos los funcionarios y exfuncionarios de la entidad que fueron autores y partícipes del desastre que llevó a la CNTV a su estridente y costosa desaparición.
Un criterio de no selección que podrían adoptar las universidades cuando —como debe ser, examinen con lupa la hoja de vida de los aspirantes— sería el de no tener vínculos con ese pasado que defraudó a la democracia y al sentido común. Otra vez, no a lo mismo de antes.