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En 1932, cuando Franklin D. Roosevelt fue elegido por primera vez presidente de Estados Unidos, su país estaba al borde del abismo. Miles de indigentes ocupaban las plazas y parques de ciudades como Washington, Nueva York y Chicago. Quienes tenían empleo debían conformarse con sueldos miserables. La situación era tan azarosa, que John Maynard Keynes, tras ser consultado acerca de si conocía algún precedente similar a la Gran Depresión, contestó: “Sí, la Edad Media y duró cuatrocientos años”.
En su discurso de posesión, Roosevelt advirtió que para sacar al país de la postración necesitaría poderes que solo se le otorgan a un presidente en época de guerra; no fue necesario, gracias a su genio político y don de persuasión. Sus ruedas de prensa -didácticas y convincentes- le dieron una formidable cercanía con los medios, aunque la mayoría de ellos al comienzo de su mandato fueron críticos implacables. Sus “charlas junto a la chimenea” que se transmitían a través de la radio le devolvieron la esperanza al pueblo norteamericano, quien percibió pronto la grandeza de su liderazgo. El New Deal no fue una vana promesa electoral. Para muchos fue la segunda revolución americana.
Los enormes logros de Roosevelt, impulsados por audaces cambios legislativos, empezaron a frustrarse en 1935. La Suprema Corte declaró inconstitucionales muchas leyes trascendentales de intervención económica, como las del salario mínimo y del límite a la jornada laboral. Su triunfo arrollador en las elecciones de 1936 y la contundente mayoría demócrata en las dos cámaras animaron al presidente a presentar en 1937 una reforma legal para recomponer la Corte. Su propio partido se negó a acompañarlo y fue derrotado. Solo el retiro o la muerte de los magistrados le permitieron a Roosevelt, después de cinco años, conformar una Corte más liberal.
Así estuvo a punto de frustrarse la hazaña histórica de Roosevelt, quien con vocación y destino creó un modelo de Estado que les dio esperanza y bienestar a millones de personas. Ese modelo de Estado inspirado por grandes ideas está en vías de extinción. Aunque permanecen las instituciones, hoy la corrupción y el populismo articulan el ejercicio del poder.
@jcgomez_j