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El 6 de marzo, la Ley 1712 de 2014 —de carácter estatutario— declaró que en el Estado colombiano la información pública se encuentra en estado de transparencia.
La verdad es que desde hace más de un siglo existe la consagración legal del derecho a acceder a esa información, así como una copiosa jurisprudencia que lo protege y desarrolla. Entonces uno se pregunta por qué razón es necesario que una y otra vez la ley repita, repita y repita lo que es apenas obvio en un Estado de derecho: sin información pública no hay democracia.
En el actual Código de Procedimiento Administrativo y de lo Contencioso Administrativo (Ley 1437 de 2011), bajo la regulación del derecho constitucional de petición se consagran varias normas que garantizan el acceso a los documentos públicos. ¿Para qué más?
A pesar de tanta norma, tengo plenamente probados dos casos en los cuales una entidad pública del orden nacional —muy visible— neciamente se negó —bajo el vacuo argumento de que existía reserva legal— a entregar copia de las actas de las sesiones de su junta directiva, así como también de un documento que contiene aspectos esenciales de la regulación del correspondiente sector. Los dos casos, después de seis meses, llegaron al Tribunal Administrativo de Cundinamarca, en donde finalmente les dieron la razón a los respectivos solicitantes. Ya para qué: entre ires y venires, ellos aún están esperando que les suministren los documentos que han debido recibir hace muchos meses.
La nueva ley de transparencia y del derecho de acceso a la información pública les otorga una especie de inadmisible amnistía a muchas entidades públicas que desde hace años han debido estar a disposición de los ciudadanos, deber que incumplieron sin que pasara nada.
En la nueva ley se les imponen absurdas cargas a las entidades públicas, lo cual en nada garantizan la transparencia, y a la Procuraduría se le otorgan amplias facultades para reglamentar el acceso a la información pública. Ojalá no fueran necesarias más leyes, “héroes ni más milagros pa’ decentar el lugar”, como canta Serrat.
Juan Carlos Gómez*