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Era un día de aquellos típicos bogotanos donde el frío de repente se confunde con el bochorno y donde el páramo se fusiona con el sol.
Detuve una buseta, como siempre sobrecargada de gente parada, y tuve la fortuna de ver un puesto libre y obviamente rápidamente me senté. Era en la primera fila, aquella que da contra la barra y las escaleras para la puerta de salida. El viaje proseguía cuando al lado mio un joven de unos 25 años, aproximadamente, de repente comenzó a tener un ataque de epilepsia. Me asusté y recordé historias de mi infancia en la que la clave era no dejarle morder la lengua.
Él de manera desesperada soltó y dejó caer el maletín que llevaba en sus manos y todos los papeles salieron volando mientras convulsionaba. Su cuerpo se empezó a deslizar debajo de la barra de la primera fila de la buseta hacia las escaleras y la salida. Con mis brazos lo agarré fuertemente de sus hombros para no dejarlo caer mientras le metía mi saco en la boca para que no se lastimara. Lo más sorprendente es que la buseta continuaba su marcha como si nada y las personas de manera muy poco solidaria tan sólo miraban lo sucedido como simples espectadores pasivos.
Mientras sostenía con fuerza a mi vecino que se sacudía, pedía a gritos que se detuviera la buseta y que alguien me ayudara. Fue ahí cuando finalmente se me acercó un hombre, por fin alguien se dignó a colaborar. El sujeto inesperadamente puso su mano sobre la cabeza de mi vecino y empezó a declamar unas palabras inentendibles. No lo podía creer, realmente estaba esperando ayuda física y no sobrenatural. Nunca supe si era un rezo o unas palabras mágicas o un exorcismo, pero lo que sí sé es que mientras yo difícilmente lograba aguantarlo, la buseta no paraba y este hombre extrañamente no dejaba de declamar.
Finalmente la convulsión se redujo y la buseta se detuvo. El joven muy apenado y aún no del todo recuperado tomó lo que quedaba de su maletín y se bajó casi corriendo y con intenciones de desaparecer.
Y así fue. La buseta siguió su ruta, otra persona tomó su silla, yo me bajé al llegar a donde iba y me imagino que el hombre de los rezos continuó con su vida.
El espíritu de ayuda es un valor cotidiano que no debe estar atado necesariamente sólo a las grandes tragedias o a las grandes causas, también a los pequeños logros que pueden impactar la vida de un individuo cualquiera, comenzando por uno mismo, pues finalmente poco a poco se construye lo grande y se entrena el músculo diario del valor solidario, que mucha falta nos hace en este mundo.
Por un 2011 lleno de solidaridad.