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Siempre he pensado que la publicidad se inspira en la vida y que la vida se puede inspirar en la publicidad.
Siempre he pensado que habito en la frontera entre la realidad y la ficción; que hace un tiempo me llevó a estudiar cine en la escuela internacional de San Antonio de los Baños en Cuba. Y vivir allí es el perfecto ejemplo de mezcla indefinida entre ficción y realidad.
En Cuba hay dos tipos de personas: cubanos y extranjeros, con pasaporte y dólares. Yo era del segundo grupo.
Estando allá decidí, con un amigo colombiano, hacer un viaje como cubanos.
La osadía radicaba en viajar desde La Habana hasta Varadero y regresar. Nos juntamos con dos compañeros cubanos. Después de mucha búsqueda, conseguimos un auto prestado, un Chevrolet modelo 57. El siguiente paso era la comida.
Ellos lo resolvieron, con sus contactos locales, consiguieron arroz blanco con piedritas y hojas de lechuga. Ya con la alimentación lista, partimos; todos viviendo la realidad isleña. Al recorrer el primer kilómetro, el hombre al volante dijo: queda gasolina para 500 metros.
No queríamos como extranjeros ir a una estación de gasolina y pagar con dólares y, al mejor estilo de película, nuestros amigos se detuvieron al lado de un carro parqueado en la carretera y con una manguera succionaron gasolina pasándosela a nuestro auto; alcanzó para dos kilómetros más.
Así robaron gasolina de carro en carro. No sabía si era la realidad o una cinta cinematografía. Su título: Mad Max cubano.
Un viaje que para un turista dura cuatro horas, para nosotros se demoró tres días. La comida rápidamente se agotó.
Cansados y hambrientos llegamos finalmente a Varadero y entramos a un hotel. Pero con tan mala fortuna que la policía nos detuvo y pidió nuestros pasaportes. Al ver que nuestros dos amigos eran cubanos, los detuvieron por estar con extranjeros y por entrar donde no debían: un hotel.
La cuarta noche la pasamos en la estación de policía reclamando la liberación de nuestros amigos. Al otro día salieron.
Entonces llegó el equilibrio a mi cabeza. Si la ida había sido como cubano, el regreso sería como turista. Alquilamos un taxi y nos regresamos. Pocas horas después ya estábamos en la escuela. Volvimos a probar los fríjoles, el pan y el tomate.
Haber estudiado cine en un país de película, incrementó mi capacidad para escribir guiones y desarrollar ideas en el maravilloso limbo entre el realismo y la fantasía.
Si quiere ver el cortometraje de Juan Carlos Ortiz realizado en Cuba, ganador del Festival de Cine de Alcantarilla en Bogotá, ingrese a www.youtube.com y busque: Té para 4.