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Memorias de un susto rojo

Juan Carlos Ortiz
23 de noviembre de 2014 – 11:03 p. m.

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La vida tiene momentos que jamás se podrán repetir.

Existen situaciones que sólo pueden ocurrir una sola vez y así pasan automáticamente al baúl de los recuerdos inolvidables. Y ya que el muro de Berlín cumple 25 años de haber caído, recuerdo cuando como estudiante soñador viajaba con un morral al hombro y así decidí conocer la muralla en 1988, un año antes de que fuera derribado.

Con dos amigos salimos en tren desde Suiza hacia Berlín Occidental, sabiendo que para llegar allá debíamos atravesar una buena parte de Alemania Oriental, más conocida como Alemania Comunista. Al cruzar la frontera, de repente subieron militares fuertemente armados, con perros muy furiosos, caminando por los corredores y por el techo.

El tren comenzó a movilizarse por Alemania Oriental con ellos a bordo, durante todo el trayecto revisando en varias ocasiones los documentos como en una especie de interrogatorio y haciéndonos sentir como espías peligrosos o prófugos del régimen. Más allá de su presencia inquisidora, por la ventana se observaba la carrilera de lado a lado totalmente rodeada y sellada por alambres electrificados para evitar cualquier tipo de fuga. Finalmente llegamos a Berlín Occidental, los militares y los perros se bajaron y volvimos a sentir la tranquilidad y la libertad.

La experiencia de conocer el muro fue realmente exótica. Berlín Occidental se podía resumir como un punto en la mitad de Alemania Comunista, una especie de oasis rodeado en su totalidad por un muro que los mismos comunistas habían construido para que no pudieran entrar al punto u oasis de la libertad. Un claro ejemplo de “autocárcel”. Después de varios días de visita llegó el momento de retornar a Suiza.

Ya en la estación, tratando de averiguar por el tren que nos correspondía, uno de mis amigos subió rápidamente a un vagón para preguntar, pero con tan mala fortuna que de repente se cerraron las puertas y el tren comenzó a marcharse con mi amigo dentro. Inmediatamente empezamos a gritar y a correr para avisarle que se bajara pero ya era demasiado tarde. Finalmente lo vimos despidiéndose desde una ventana con cara de película de terror, tal vez despidiéndose por última vez.

Averiguamos y nos dimos cuenta de que se había subido al tren equivocado, que se adentraba en lo más profundo del mundo rojo e iba para la Unión Soviética. Yo tenía sus documentos y su morral en mis manos. Ya me imaginaba la película de los militares interrogándolo y él, sin ningún papel que mostrar. Imágenes cinematográficas de la Guerra Fría invadieron mi mente.

Hablamos con los agentes de la estación pero claramente nos explicaron que la situación estaba fuera de su control, y que por eso era que existía un muro. En medio de la impotencia absoluta, esperamos sentados en una banca por horas, sin respuestas ni soluciones. Inesperadamente, y ya en la madrugada, militares del bloque Este aparecieron con él y lo entregaron a las autoridades respectivas.

Superado el susto, nos abrazamos y esta vez tomamos el tren correcto. Sin quererlo, habíamos ayudado en algo a derribar un pedacito insignificante de muro.
 

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