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Nací Tánatos

Juan Carlos Ortiz
23 de noviembre de 2011 – 05:40 p. m.

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La melancolía y la muerte siempre me han atraído y acompañado durante la vida.

Por eso, vaya donde vaya siempre busco conocer y visitar cementerios.

Es una pasión, un hobby fascinante que me permite descubrir la historia y la magia de cualquier lugar.

Y así, con este magnetismo decidí alguna vez ir a visitar lo que fue Armero, con todos los recuerdos de adolescencia plasmados en mi mente y en mi corazón al escuchar la transmisión radial en vivo de la tragedia de 1985.

Cómo olvidar el drama en televisión de Omayra, atrapada en un pozo de agua fétida hasta morir. Cómo olvidar las caras de dolor y sufrimiento de miles de personas desgarradas por la pérdida de sus seres queridos entre el barro y la impotencia.

Con todas estas memorias fotográficas llegué a Armero. El lugar es toda una estepa sagrada de lo que fue el pueblo. En medio de una planicie repleta de arbustos queda un pedazo de las ruinas de su hospital, una inmensa cruz de cemento construida para la visita del Papa y algunas tumbas y placas conmemorativas en el piso.

Caminé por el campo y sentí una energía muy fuerte. Un grito de silencio eterno arrullado por el viento me susurraba al oído.

Al estar allá, y fiel a mis principios, decidí buscar lo que fue el cementerio original de Armero cuando existía, el cual se encontraba en una pequeña colina y por eso había subsistido y ayudado a varias personas a salvarse de la avalancha letal.

Finalmente lo encontré. Entré y lo recorrí caminando. Este cementerio era responsable por los muertos de Armero antes de que el pueblo desapareciera por completo y se hubiera convertido en otro gran cementerio. Pero, con sorpresa, no me encontré solamente con un cementerio abandonado, ya que seguramente la mayoría de sus seres queridos habrían muerto la noche de la tragedia, sino que me encontré con un cementerio profanado. Varias tumbas abiertas, ataúdes rotos, pedazos de huesos humanos sacados y regados por el piso, residuos de velas y cadenas metálicas que seguramente hacían parte de algún rito macabro o misterioso. Un panorama triste y deprimente de un cementerio sin dolientes.

Muy conmovido e impresionado salí por el mismo lugar por donde entré. Nuevas imágenes de este desolador Armero se grabaron para siempre en mi retina. Había conocido por primera vez el cementerio de un cementerio que me ratificaba que hay que cuidarse más de los vivos que de los muertos.

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