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En mis años trabajando en el mundo del mercadeo y de los negocios he aprendido muchas cosas, y una de ellas es que nunca se debe dejar de hacer algo por miedo al qué dirán.
Es mejor hacer que no hacer. El verbo hacer abre caminos y pertenece a menos personas caracterizadas por la valentía. La otra cara es criticar, una actividad con más seguidores y fácil de lograr. Tengo claro que cualquiera puede criticar, pero no todos pueden hacer. Tal vez por eso critican.
Hace un tiempo un cliente de alimentos nos invitó a licitar contra varias agencias un importante negocio. Ese día, pensando en cómo armar el equipo para afrontar el proyecto, tomé la decisión de dar un salto generacional en la compañía. Reuní al grupo de futuras y jóvenes estrellas de la empresa y les di el timón y el empoderamiento de la licitación. Esto obviamente causó revuelo en la línea de algunos vicepresidentes y directivos que no estaban de acuerdo con la decisión tomada y con el riesgo que ésta representaba.
Los invité a participar como observadores del proceso, pero el liderazgo, la campaña y la presentación estarían a cargo y bajo la responsabilidad de este grupo de sangre nueva. Trabajaron de manera impecable sin dejar una pieza suelta del rompecabezas. Y así llegó finalmente el día de la presentación. Todos estábamos a la expectativa y adicionalmente yo sabía que el fracaso estaría directamente ligado a mi decisión. Magistralmente y contra todo pronóstico emitido por la experiencia clásica y tradicional salimos en hombros de la oficina del cliente. Éxito rotundo, la campaña encantó, la licitación se ganó y el cliente, entre aplausos, nos entregó el negocio.
Este grupo joven demostró con autoridad que para triunfar se necesita cerebro, pero sobre todo hambre. Su actitud durante todo el proceso fue inteligente, optimista, humilde y sobrecargada de pasión.
Investigaciones en Estados Unidos han demostrado que en las licitaciones la razón principal por la cual un cliente le asigna una campaña publicitaria a una agencia radica en la gran idea acompañada siempre de una excelente química humana. Se habla de 60% química, 40% idea. Y a este equipo esa mezcla le sobraba.
Volví a aprender que en la vida laboral no se debe dar nada por asegurado ni por ganado, y que ni los años ni los grandes títulos en las tarjetas personales garantizan el éxito.
Nos demostraron a mí y a todo el equipo directivo que las ganas y la inteligencia juntas son victoriosas y superan cualquier obstáculo. Es un tema espiritual, la sangre nueva nos debe acompañar siempre sin importar la edad ni el cargo que tengamos, debe ir y fluir con fuerza dentro de cada uno de nosotros.
Gonzalo Arango alguna vez escribió que el amor se debe trabajar día a día para poderlo merecer. Las ideas y la actitud en nuestro negocio y en cualquier otro también.