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No todo lo que empieza mal, termina mal. La consagración de la primera, del compositor ruso Ígor Stravinski (1882 – 1971) es una de las excepciones a esa regla que, al parecer, en un arte como la música, en el que el referente anímico desempeña un rol fundamental, no tiene mucho asidero.
La pieza se estrenó el 29 de mayo de 1913 en el Théâtre des Champs Élysées, en París, y lo menos impactante que suscitó en aquel entonces fue el rechazo colectivo. Después de su primera interpretación, el escenario quedó perfectamente diseñado para servir como nido a una representación teatral basada en una guerra o en una confrontación sin precedentes.
Hace justamente un siglo, los asistentes eran testigos de uno de los estrenos más esperados de la música, porque además del nombre de Stravinski estaban de por medio talentos incuestionables hasta el momento, como el del coreógrafo Vaslav Nijinsky, la destacada participación del Ballet Ruso, comandado por Sergéi Diágilev, y la afinación de una orquesta que debía seguir las directrices del experimentado Pierre Monteux. Lo anterior, sumado a dos partituras del compositor ruso estrenadas con total éxito en Europa, El pájaro de fuego y Petrushka, indicaban que la velada podía ser inolvidable. Y lo fue.
El público estaba conformado por la élite mayor en los planos sociales, culturales, políticos y económicos. Las butacas del Théâtre des Champs Élysées eran ocupadas por personajes como los compositores Florent Schmitt y Camille Saint-Saëns, quien en ese entonces determinaba buena parte de lo que se escuchaba en los círculos del poder en Francia. Ante la expectativa de ver el trabajo interdisciplinario de la dupla Stravinski-Nijinsky, acudieron también artistas como el versátil dramaturgo y poeta Jean Cocteau, el cubista Pablo Picasso y la revolucionaria del diseño de modas, Coco Chanel, quien sostuvo un comentado romance con el compositor de La consagración de la primavera, pieza cuya traducción literal sería Primavera sagrada, imágenes de la Rusia pagana.
Uno de los primeros en abandonar el recinto fue Saint-Saëns, y tras sus pasos iba una comitiva indignada porque esperaba un montaje acorde con sus posturas ingenuas y pretendía que la puesta en escena reflejara un tipo de sociedad que intentaba mantener soterradas sus pasiones. Lo que hicieron hace un siglo Stravinski y Nijinsky fue llevar al extremo la seducción, el erotismo y la desnudez. Ese riesgo lo cobró muy duro la época, pero luego lo aplaudió la humanidad, porque para muchos expertos La consagración de la primavera cambió la forma de entender la música y el teatro.