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En 1963 el mundo conoció Rayuela, una novela que supuso para muchos una suerte de ruptura en la literatura latinoamericana.
Hitos aparte, Julio Cortázar, su autor, había nacido en 1914, por azar, en Bruselas. Muy niño regresó al barrio bonaerense de Banfield. Hasta 1951, fecha de su partida de Buenos Aires hacia París, había escrito dos libros: Divertimento y El examen. En un transatlántico cruzó el océano y recaló en la capital francesa, para entonces la meca de cualquiera que quisiera ser escritor. En los cafés del Quartier Latin, como el Old Navy, Cortázar se hizo la vida como almacenista de la Unesco, hasta, años después, convertirse en traductor oficial, oficio que padeció por lo menos hasta entrados los años setenta.
En París Cortázar se acercó a lo más popular de una cultura mundial: en medio de un concierto del gran Charlie Parker ideó sus personajes más famosos, los famas y cronopios, estos últimos sus amigos más queridos. Durante dos décadas, Cortázar se empeñó en crear un mundo propio: mezcló con acierto el tema popular —el boxeo, el jazz, los viajes de carretera— y lo más culto: la música dodecafónica, las vanguardias de los 20, las sinfonías decimonónicas, y un largo etcétera entre el que se incluye, quizás, uno determinante: Rayuela es heredera directa del Ulises de Joyce; el paseo peripatético de Olivera por París es un espejo del deambular de Leopoldo Bloom. La comparación no es original hoy, pero lo fue en 1969, cuando Cortázar se admira ante la profesora Graciela de Sola, en una carta fechada el 28 de febrero, que su libro Julio Cortázar y el hombre nuevo (Buenos Aires: Sudamericana, 1968) ha dado en el clavo.
Estas Cartas 1969-1976, que hacen parte de la serie que ha publicado Alfaguara en varios tomos bajo el cuidado de Aurora Bernárdez —su esposa— y Carles Álvares Garriga, tienen la gracia de revelarnos a un Cortázar en toda su dimensión humana y política: gracias a su tremenda necesidad de escribir habitando los espacios, nos trasladamos de Saignon, al sur de Francia, a la gélida Londres en invierno; a Barcelona; a la Casa de América de Cuba, y conocemos de primera mano sus devaneos —pameos y meopas aparte— entre su compromiso como escritor, su necesidad de existir en un territorio más irracional, sus ganas de creer en una América Latina unida y libre, su necesidad de narrar queriendo a sus corresponsales: del “gordo” Lezama, a quien consiente como un oso mientras Gregory Rabassa traduce Paradiso, a Saúl Yurkievich y Osvaldo Soriano, apenas dos jóvenes que intentaban escapar de las redes de la cada vez más acuciante dictadura en Argentina.
A veces las biografías terminan por ser aburridas cuando son narrativas. Estas Cartas —sus antecesoras, entre el 34 y el 69 y su continuación entre el 77 y el 84— tienen la virtud de que le permiten al lector armar su propio Julio Cortázar, de acuerdo a como vaya siguiendo el hilo de las conversaciones.
Cartas, cinco tomos.
Julio Cortázar. Alfaguara.