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Norman Mailer escribía sobre el ácido y era capaz de dar cuenta del poder de un muchacho negro llamado Cassius Clay como boxeador; Hunter Thompson viajaba cientos de kilómetros con los Hells Angels, la pandilla de morteros más grande de Estados Unidos, y unos años después daba cuenta de la campaña política para las elecciones de 1968 que ganó, sorpresivamente, Nixon.
Estados Unidos era un hervidero tensión. Había guerra con Viet Nam y Jim Morrison, vestido con un pantalón de vinilo y sin ropa interior insistía a una chica «vamos a ahogarnos esta noche/vamos a hundirnos y hundirnos». Y Truman Capote había escrito ya A sangre fría sobre un crimen en un pueblo lejano. Y Joan Didion llegaba de Sacramento a Nueva York para contar de primera mano cual era el sueño que se estaba escapando a miles de jóvenes un habían puesto sus esperanzas en un cambio real, en una posibilidad de país distinto al de sus padres.
Joan Didion había nacido en los años treinta en la costa oeste. De dicha experiencia sale uno de los brillantes textos de Los que sueñan el sueño dorado, una recopilación de artículos de sus principales libros como Arrastrarse hacia Belén, El álbum blanco, Después de Henry, Salvador, y Miami. La infancia de una niña que tendrá que enfrentarse a lidiar con un mundo que cree poder salvarse, y el de una joven que llega asombrada a Nueva York para darse cuenta de que la tierra dorada de California ha quedado irremediablemente atrás. Son esos años los del hipismo, retratado luminosamente en una de las crónicas del libro cuando ella viaja a San Francisco para vivir de cerca con decenas de muchachos y muchachas entregados a los viajes de ácidos que gritaban por el flower power.
Pero son también los años y el retrato de una entrega a la escritura. La virtud de todos estos ensayos es que en cada uno se siente la mirada de una mujer que estuvo a la par de Thompson, Capote o Mailer. De ahí que pasemos de varios retratos personales sociales, en los cuales se pone de presente las dudas y la desilusión de haber dejado ir los sesentas sin conseguir el objetivo, a varias crónicas suyas, tal vez las más famosas, incluidas en el libro de Norman Simms sobre los Periodistas Literarios, que corresponden el cubrimiento de la guerra de Salvador.
El nuevo periodismo fue, al igual que el boom latinoamericano, una manera de englobar a varios escritores en un momento en que el mundo estaba cambiando irremediablemente. Didion es una de sus protagonistas, y lo es porque supo hacer del periodismo literatura de la realidad: porque apostó desde sus textos a socavar la conciencia de una nación que de los setentas hacia adelante olvidó a sus jóvenes dejándolos a la merced de sus políticas de guerra. Leer este libro es sumergirse en un viaje a la cultura popular de Estados Unidos de la mano de una mente brillante.