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Por los rieles de los subterráneos de Nueva York se cruzan estas dos vidas. Cada una es capaz de recordar el futuro.
Ella, una madre, sueña con su vida antes de estar encerrada en una casa de donde jamás volverá a salir mientras escribe una novela sobre él muchos años después. Él se llama Gilberto Owen, es un poeta alucinado, con sueldo de diplomático, extraviado en una ciudad donde comparte sus noches con Federico García Lorca y Louis Zukofsky mientras sueña con la mujer que vive junto a sus dos hijos y su pareja en un departamento de una vecindad en el DF.
Valeria Luiselli (México, 1983) ha escrito una de esas novelas tan peculiares, por lo preciosas y exactas, que da gusto sentir el pulso que se juega en cada uno de sus cortos párrafos. Su escritura es eso: un rebuscar en el lenguaje aquello que no se puede mostrar.
La mujer escribe la historia de Owen mientras su existencia se viene al traste: ha decidido confinarse en la vida familiar después de haber sido una especie de scout editorial en Nueva York, buscando obras de escritores latinoamericanos para un editor que quiere descubrir al nuevo Roberto Bolaño, en términos de ventas. El encuentro con la obra de Owen la convence de que puede venderle al publisher una buena historia: un poeta exiliado de su país, casado con una colombiana, luego divorciado, padre, alcohólico a quien la historia literaria le daría su lugar sólo después de su muerte en Filadelfia, en 1951, hinchado y ciego por la cirrosis. Ante el desinterés del editor, decide inventar un manuscrito que termina siendo su pérdida. Su vida se cruza con la de Owen en Nueva York y los dos terminan siendo fantasmas en una novela que es eso: un espectro, una lucha en contra de la cronología, un manifiesto sobre el lenguaje y sus formas, “un horro vendaval de vacíos”, pues.
Son dos voces las que componen Los ingrávidos, novela vertical con ganas de ser horizontal. La propuesta es que si dos personajes pueden estar en el mismo plano, en dos períodos de tiempo distintos, sus parlamentos deberían ser simultáneos y nosotros deberíamos poder leerlos saltando de una época a otra sin equívocos. Los aciertos son todos, y vale la pena leer a esta escritora que no hace concesiones con nadie. Tal vez por eso, quizá, habría valido la pena una purga a ciertos pasajes que hacia el final son reiterativos y no aportan a una novelita que brilla con luz propia.
Los ingrávidos, Valeria Luiselli, Sexto Piso.ojoalahoj@yahoo.com