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Hay una minuciosidad que deslumbra en las primeras páginas. Se trata de una historia que promete, y mucho: una mujer de veinte años, una vigilante de disciplina del Colegio Nacional, el más importante de Argentina, un lugar fundacional de la patria, ve los días pasar entre aulas y estudiantes. Su obsesión es observarlo todo. La mujer se llama María Teresa, y le dicen Marita. Y tiene un hermano que ha sido enviado a la guerra de las Malvinas. Y una madre obcecada que pasa los días viendo televisión y sufriendo crisis nerviosas. Con esas coordenadas, el lector siente que pronto entrará en un mundo familiar, escaso, en donde encontrará quizá la humanidad de esos personajes.
Ciencias morales ganó el pasado noviembre el premio ‘Anagrama’ de novela, quizás uno de los más reputados premios entre los lectores y escritores de habla hispana. Su autor es Martin Kohan, novelista argentino, que había publicado varias novelas que buscan intervenir momentos históricos de su país, como en el caso de El informe, Los cautivos o Dos veces junio.
La novela, como lo decía al comienzo, es prometedora. La familia, la educación, el mundo escolar y la disciplina son temas que aparecen bajo el trasunto de contar una probable idea de fundación de la patria a través del colegio más relevante de Argentina. Y esos temas ocurren, además, en el final de una dictadura sangrienta, con miles de desaparecidos, en medio de una historia de horror colectivo. No obstante, todo se queda en una promesa. Las páginas comienzan a sucederse en una lentitud asfixiante. Kohan escribe como un artesano, es cuidadoso con el lenguaje, pero esa virtud es también su principal defecto. Por instalarse en ese territorio, pronto se olvida de sus personajes. O mejor, los pone como títeres de palabras que van perdiendo verosimilitud. La historia de Marita va consumiéndonos entre un detallismo a ultranza que no convence. Sabemos, sí, que el narrador va para algún lado, que está haciendo de la asfixia algo consciente, que quiere hacernos desesperar por algo que ocurrirá de repente. Y ocurre, en efecto, pero demasiado tarde.
Es verdad aquello que decía Hemingway de la literatura: su verdadera importancia está en eso que no se nombra. El iceberg era la figura con la que buscaba insistir en que el material que podía intuir el lector, sin que éste estuviera enteramente a su disposición, era lo importante. Eso, seguro, se encuentra en el texto de Kohan. El problema aparece entonces cuando se comprende que el libro es deliberadamente efectista: quiere mostrar un clima aunque de antemano sepamos cuál es. Así, conociendo lo que está bajo el iceberg nos sentimos algo traicionados con la presión a la que es sometida Marita, a la distancia de su hermano, al autoritarismo y la barbarie del prefecto de disciplina Biasutto y al abandono de la madre.
Entre tanto, hay virtudes incontestables. La escritura, como ya lo dije, no tiene ninguna fisura. Kohan es un escritor, no un estilista. Ha creado un mundo de palabras concisas, puestas allí con la conciencia de quien persigue una voz, o crear el universo con esa voz. La historia, en sí misma, hubiera podido quitarse el lastre del detalle, para ahondar en la vida de sus personajes y en lo que produce el hecho –que no nombraré– que es la gracia de la novela. Pero el desarrollo, insisto, nos deja un sabor de haber leído un libro que hubiera sido notable si no descubriéramos su evidente premeditación.
ojoalahoj@yahoo.com