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Un hombre está muriendo en un hospital en las afueras de París, en la zona de Neuilly.
Ese hombre tiene un hijo, y ese hijo lo visita, como todos los años, para asistir al deterioro natural de toda vida humana. El hombre se llama Eduardo Saravia. El hijo, Rodrigo. El primero es un abogado pudiente que vivió su vida entre Nueva York, en donde un absurdo accidente de su esposa lo dejó viudo, y París, en donde otro absurdo e inesperado suceso lo dejó solo por segunda vez. Su hijo es un profesor de Historia del Arte de la Universidad de Columbia, un tipo que ha pasado los cuarenta años y que siente que su vida se despeña sin sentido hacia ninguna parte; un escéptico redomado que ha perdido la esperanza.
En esos dos personajes, trazados con una aparente sencillez, que deslumbra, Luis Fernando Charry ha basado su tercera novela, aparecida hace poco en las librerías colombianas. Se llama Ruinas familiares, y creo que es uno de esos libros raros, extraños, con los cuales ciertos narradores colombianos están, por fin, saliendo del afán de ser escritores y figurar, para concentrarse en lo verdaderamente importante: escribir, así, sin arandelas ni pomposos contratos.
La nouvelle, pues no excede las ciento cincuenta páginas, es el ejercicio de un escritor inteligente y serio. Inteligente por la construcción de ese diálogo largo, en el cual un hijo y un padre hablan del pasado, a veces con desparpajo, a veces con gravedad, en un hospicio de ancianos, y, a la vez, por el monólogo de un hijo que comienza a aprender que “la carcajada de la muerte” ha empezado a resonar en su propia vida. Y serio, por el tratamiento del paso del tiempo, de las tensiones con un pasado en el cual hubo algo de soledad, de los múltiples viajes, historias cruzadas y amores perdidos que se confunden en este relato con la aparente monotonía de los días en los cuales Saravia asiste a la muerte de su padre.
Eso, más un tercer personaje muy bien logrado, una jovencita llamada Lucía —cineasta en ciernes, colombiana en París—, configuran una pequeña novela en la cual, página tras página, la escritura va ganando en solidez y nos convence, después de leerla, de que uno de los fines de la literatura es pervivir en el imaginario del lector.
Luis Fernando Charry. Ruinas familiares. Norma.ojoalahoj@yahoo.com