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Sin refugio

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El viejo se llama Linh y lleva en sus brazos a su pequeña nieta. Deja atrás su aldea y su tierra. A medida que el mar se ensancha él mismo se convierte en un punto inasible en el horizonte de su pasado.

Pasan los días y pasa la vida y el hombre llega a algún país lejano del que no conoce nada. Sin lenguaje, el hombre y su nieta deben vivir en un albergue para refugiados junto a otros hombres y mujeres como ellos. Es invierno y el hombre se siente más solo que nunca. Recuerda a su hijo, a su yerna, a su esposa, y recuerda una aldea destrozada por la guerra y recuerda, sin decírnoslo, el horror de una violencia que se encarnizó con su pueblo. El hombre comienza a caminar y a caminar por una ciudad inmensa. No habla con nadie. Agacha la cabeza y mientras sus pasos lo llevan a cualquier lugar, sólo se aferra a su pequeña nieta, el motivo para seguir vivo, la razón de su existencia.

Ese hombre es el protagonista de una novela que ojalá muchos leyeran hoy en día. Y lo digo en muchos sentidos, pues dudo mucho de los grandes temas al servicio de la literatura. En cambio sí creo en las historias tristes y hermosas al mismo tiempo, como las de este señor Linh creado por el francés Philip Claudel, en su novela La nieta del señor Linh (Salamandra, 2008). E insisto en que muchos deberíamos leerla porque Claudel, con una prosa tan escueta como poética, ha sabido contarnos una pequeña fábula sobre el exilio, el desplazamiento y el extrañamiento que supone para los hombres y las mujeres de culturas diversas alejarse y partir sin nada a países extraños y hostiles.

Ese señor Linh existe en este país. Viene del Chocó con su hija a cuestas, o viene del sur de Bolívar o viene de algún paraje del que lo sacó la guerra para ponerlo, de un día para otro, en un semáforo sin tener idea de nada. Y aunque la literatura no sirva para tratar problemas, ni para resolver nada, a lo mejor para todo lo contrario, esta novela logra, sin tesis ni ideas preconcebidas, ponernos frente a un poderoso espejo que nos devuelve una imagen tan terrible como bella: la de la vida que, a pesar de todo, es capaz de sobreponerse a la muerte y al dolor.

Pero, además, nos muestra la amistad de dos hombres que apenas si se entienden, dos hombres de dos culturas que se encuentran en la silla de un parque de una ciudad y que comparten su dolor, pues dolores tenemos todos, a pesar de no poder compartir la lengua.

Sin maniqueísmos ni falsos sentimentalismos, el escritor francés ha sido capaz de regresarnos a los días en que una historia valía más que cientos de presunciones literarias. A los días en que era importante decir que ese viejo miraba una y otra vez para atrás, noche tras noche, y se daba cuenta de lo irrecuperable que era su vida pasada. De ese hombre que poco a poco, sin lengua, sin patria y, después de un tiempo, sin amistad, es despojado, por todos nosotros, de su dignidad.

ojoalahoj@yahoo.com

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