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He sido lector ocasional de Frédéric Beigbeder (Neuilly-sur-Seine, 1965) y aún no sabía por qué.
Lo digo debido a que desde que este provocador profesional, ex asociado de una empresa de publicidad, publicó 13,99 euros, su cuarta novela, yo quise saber por qué se lo consideraba una suerte de fenómeno de las letras francesas. Ni esa novela, ni Windows of the world, ni Socorro, perdón me gustaron.
Abrí con desgano Una novela francesa, su más reciente libro, que compré sólo porque el prefacio escrito por Michel Houellebecq me convenció de hacerlo. En este, el autor de El mapa y el territorio dice algo que comparto: “(…) cuando un libro es tan honesto, puede dar lugar, casi inadvertidamente, a verdaderos descubrimientos sobre la naturaleza humana, terreno en el que la literatura mantiene varios cuerpos de ventaja sobre las ciencias”. Bueno, así me encaminé en esta memoria que comienza con una bella y tremenda frase: “Soy más viejo que mi bisabuelo”. De allí en adelante lo que sobreviene es uno de los libros más fascinantes que yo haya leído sobre el recuerdo.
Frédéric Beigbeder fue apresado el 28 de enero de 2008, frente al bar Le Baron, en París, cuando partía unas líneas de cocaína con su tarjeta de crédito sobre el capot de un auto de lujo. La escena —otra de las manías del autor: parecerse a Bret Easton Ellis, su ídolo— da para que este hombre, llegando al mediodía de sus cuarenta años, entre a un centro de reclusión temporal en La Cité, una isla en el corazón de la capital francesa. Este hombre, lleno de cinismo y arrogancia, se verá enfrentado al tiempo por primera vez en un sentido profundo: ¿qué puede hacerse en un lugar así sino recordar? El problema, nos dice Beigbeder, es que “No me acuerdo de mi infancia. Cuando lo digo, nadie me cree. ¡Todo el mundo se acuerda de su infancia! ¿Para qué vivir la vida, si la vida se olvida? En mí no queda nada de mí mismo; de los cero a los quince años, me enfrento a un agujero negro…”.
Ante la evidencia de que su detención se prolongará más de la cuenta debido a que el juez de su caso quiere darle una lección a una celebridad, este escritor entiende que para recordar basta con querer hacerlo, como para escribir hay que teclear o trazar signos sobre el papel. Comienza entonces un tremendo viaje al pasado de una vida burguesa en donde la indagación por las figuras de su padre y su madre se convierten en el descubrimiento de haber pasado toda la existencia equivocado sobre el pasado. A medida que la detención avanza, Beigbeder nos sorprende con una prosa llena de poesía, de reflexiones hondas sobre la vida, de una honestidad, como dice Houellebecq, apabullante. Así, mientras la escritura nos pasea por una infancia de padres separados, de hermandades rotas, de amores frustrados, uno comprende cuánto es posible soltar las amarras y enfrentarse a uno mismo. Los pasajes que Beigbeder le dedica tanto a su familia como a su hija son, en verdad, una de las mejores cosas que pueden pasarle a un lector. Nada más. Lo demás está en el libro. Salgan a comprarlo.
Una novela francesa, Frédéric Beigbeder, Anagrama.ojoalahoj@yahoo.com