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Un hijo de su tiempo

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El hombre ya tenía canas y era aficionado al boxeo y amaba cómo se movía Alí y escribía como si estuviera sobre un ring: tiraba directos y se le notaba que sabía cómo mover las piernas para rendir a sus lectores. Se le puede ver corriendo y hablando de Cassius Clay, a quien apoyó cuando se convirtió al islam para volverse el rey de los musulmanes. Se le puede ver vivo, con la voz saliéndole de alguna parte fosca, en When we were kings (Cuando fuimos reyes), un documental de Leon Gast que hace historia porque documenta como ninguno la pelea del siglo en Kinshasa entre Foreman y Alí, cuando Mobutu Sesse Seko llenó el estadio de estrellas para darle lustre a su terrible dictadura.

Se llamaba Norman Mailer y había nacido el 31 de enero de 1923 y hace apenas ocho días falleció. Nació de apellido Kinsgley en una familia en New Jersey, en la única ciudad en la que había podido haber nacido: Nueva York fue el centro de su vida. Lo fue Brooklyn, el barrio en el que creció. Lo fue el Village, ese recodo del sureste de Manhattan que se convirtió en el centro del mundo subcultural desde los años cincuenta. En 1955 fundó uno de los experimentos editoriales que hoy son el sello de esa ciudad: el Village Voice.

Debutó en 1948 con Los desnudos y los muertos, una novela estremecedora que escribió después de haber participado en la Segunda Guerra Mundial. Como algunos de los escritores de su generación, esa experiencia haría que toda su vida tuviera una posición radical con el intervencionismo de los Estados Unidos. Era un hombre inquieto, de andar las calles y beber con los amigos y conocer chicas y emborracharse hasta el amanecer. Se casó seis veces. La noticia que más figura en los despachos de prensa que aparecieron tras su muerte fue la siguiente: Mailer, acusado muchas veces de machista e intransigente, acuchilló en una fiesta a su segunda esposa, la brasileña Adele Morales.

Mailer fue, junto a Joan Didion, Truman Capote y Tom Wolfe, padre de la literatura de no-ficción. Ganó el Pulitzer con Los ejércitos de la noche, un libro que es en verdad una lección de periodismo. Mailer ganaría otro Pulitzer y varios otros premios como el National Book Award.

Al verlo en las fotos que han circulado estos días por la prensa, no dejé de pensar en ese hombre, en esos ojos azules, en esas canas que ya exhibía en los años sesenta: en ese hombre como la encarnación perfecta de un hijo de su tiempo: un hombre del siglo XX que documentó, noveló y relató como pudo el poder, la gloria y el fracaso. Y recordé un genial retrato que hizo en 1995 sobre Picasso, un libro de unas quinientas páginas en donde el genio de Mailer se enfrenta a los primeros años de escasez y pobreza de uno de los mayores pintores del siglo XX. Se llama Picasso: retrato del artista joven, y es un trabajo que hay que recordar hoy cuando Mailer se ha ido. ¿Por qué? Porque quizá ese Picasso joven que guardaba una rabia sorda en el corazón, que era incomprendido y amaba como nadie y quería algún día crear un mundo, se parece muchísimo a ese muchacho rudo, incomprendido, aquél hombre parado ante el ring que sonreía mientras el gran Mohamed Alí bailaba y se burlaba del siempre serio y algo pasmado George Foreman. Los tres eran genios.

ojoalahoja@yahoo.com

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