Atroz y estúpido

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Con la misma espectacularidad atroz de los viejos atentados en épocas de guerra, estalló este jueves 17 de enero un carro bomba en la escuela de cadetes General Santander; un kamikaze hizo estallar 80 kilos de pentolita con un saldo de una veintena de muertos y 60 heridos. Pocos segundos después Álvaro Uribe enviaba un menaje desconcertante: “¡Qué grave que la paz hubiera sido un proceso de sometimiento del Estado al terrorismo!”. Solo un instante tras hacerse pública superficialmente la noticia le fue suficiente para sugerir un culpable y concluir el escenario causante de un atentado que no se veía en el país desde sus años en el poder. El morbo sobre los muertos lo ve justificable porque el hecho refuerza de nuevo su tesis política, y el pánico general querrá alimentarse de nuevo de una propuesta radical de protección ante la ausencia de otros métodos eficaces contra el terrorismo. Sea el bando que sea, y venga de donde venga el atentado, accionarán nuevas tácticas de propaganda que afianzarán la obligatoriedad de otros métodos distintos al diálogo que les parece siempre tan incompetente y estéril en las soluciones de 60 de años de violencia.

Por las características del atentado, los antecedentes del autor material y la agilidad táctica en centros urbanos, podría ser el Eln el autor más previsible. Una guerrilla que ha sido tradicionalmente fanática y sorda frente a todas las coyunturas y actúa bajo estructuras de mando diseminadas y sin obediencia bajo una cúpula piramidal los convierte en el grupo armado más evidente. Si así fue, y si lo hicieron asesinando una vez más sin indolencia por hacer resonar sus siglas en la opinión nacional, han cometido el más estúpido de sus grandes errores: con un atentado en posconflicto con otra estructura armada deslegitiman todo efecto político, nublan todo el movimiento social que ha venido siendo progresivo contra las mafias corruptas que desataron la guerra en sus inicios, le entregan al Gobierno actual el mejor discurso para posicionarse con estrategias violentas y han frustrado por añadidura toda posibilidad de continuar un proceso de paz que el uribismo nunca ha querido llevar a cabo, y justo estaba esperando un error desesperado y absurdo que le entregara el escenario adecuado y pudiera tener la mejor de las excusas para terminar todo futuro de negación y cualquier posibilidad de acercamiento. Han hecho del uribismo una fuerza política de retaliación validada por el acecho de un enemigo vivo y peligroso, y el movimiento social y las protestas que se estaban organizando contra la corrupción, también atroz y criminal, tendrán ahora la dificultad de sobreponerse a la humareda y el escándalo de este desastre.

El uribismo tiene la carta mayor en sus manos y el contexto perfecto: el inicio de campaña para las alcaldías de las grandes ciudades que se verán amedrentadas por esta nueva zozobra, el posicionamiento en la imagen de su Gobierno invisible y la distracción frente al fiscal general que necesitan ileso y cercano para continuar la custodia de los grandes pactos. No podían tener un escenario más óptimo para las rutas políticas que apenas empiezan. Uribe sabe que puede montar ahora este caballo aturdido, y hacerlo relinchar entre la sangre.

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