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El discurso de victoria del presidente electo Iván Duque tuvo todos los clichés benevolentes de un elegido: pidió la unión nacional alrededor de su proyecto, incitó a la tolerancia general y reiteró sus deseos profundos de aplacar las mareas del odio que aún no pueden apagarse aunque el proceso de paz, desconocido y bombardeado por ellos mismos, haya hecho lo suyo. Podría decirse que ese discurso conciliador y humanista es una obligación diplomática de un nuevo jefe de Estado, y que sus peticiones de unión y de respeto a la Constitución y a la ley son prioridades en la apertura de su ciclo presidencial, pero todo es sospechoso y tiene el tufo de una estafa si proviene precisamente de él: el rostro carismático de un ejército de gavilleros que ha demostrado cumplir a cabalidad todas las bajezas que ese discurso conciliador rechaza. Son ellos mismos, ahora fusionados tras su nueva carta de poder, quienes rompieron toda posibilidad de tolerancia histórica alrededor de la aceptación del conflicto, y fueron ellos los que se negaron a la unión nacional alrededor de la verdad y la reparación, y fueron ellos los promotores del estigma, de la tergiversación de la historia y la calumnia. No puede ser fiable un discurso que representa una corriente atragantada de infamia y de resentimiento.
Su primer trofeo vengado será la JEP: esa justicia inaceptable para sus concepciones dogmáticas del mal. No aceptarán nunca que los militares sean juzgados con el mismo rasero legal de sus enemigos. No permitirán que un oficial del Ejército tenga la misma responsabilidad para enfrentar la verdad abierta y pública aunque 10.000 muertos inocentes sigan bajo la historia sin culpables. Para el uribismo, sus instituciones tienen un aura sagrada que no puede ser manoseada por el vulgo, y mantendrán esa defensa a muerte de sus generales aunque se caiga el estandarte entero del proceso y todo vuelva a los principios reduccionistas del fusil; su principal lenguaje político y su única propuesta transversal. Todo lo que diga Iván Duque sobre la búsqueda nacional de la reconciliación y el pacifismo es retórica; sus principios teóricos contradicen sus objetivos y los suprimen.
También son falsas sus propuestas de prosperidad y abundancia sobre esa hipócrita defensa del empresariado para impulsar el índice de empleo: los objetivos son claros y simples, y los demostró sin nervios su mentor durante los ocho años en que fundó la doctrina presidencial que hoy revive en espíritu ajeno: disminuir progresivamente los impuestos al sector que se ha ufanado de vivir sin responsabilidad fiscal desde siempre aunque los marginados de esa cúpula azul deban pagar las cifras faltantes de esos beneficios, y aunque el abismo y las brechas sociales se expandan hasta la morbidez, para acusarlos después de rebelión y terrorismo sí se atreven a protestar sobre ese dogma con sus núcleos sociales destruidos.
Tampoco son ciertas sus intenciones humanistas ni sus sonrisas de hermandad con las que pide ahora la conciliación bajo su nuevo orden. Su doctrina presidencial, franquicia inmodificable de principios excluyentes, no aceptará nunca la autonomía de la mujer sobre su cuerpo, la representación legal de las comunidades que atentan contra sus dogmas sexuales, ni los métodos científicos que se distancien de sus crucifijos. Iván Duque solo será el representante legal de una sombra que podrá refundar ahora su evangelio. Tendrá cuatro años para vivir y recorrer el sótano de la Casa de Nariño, viejo refugio de fantasmas.