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El parte de la Alcaldía de Bogotá y del gobierno nacional sobre la espectacular incursión en la zona anárquica del Bronx entrega sus detalles: acompañamiento de 2500 miembros de la fuerza pública, 300 funcionarios del ICBF, 0 heridos durante el principio y el fin del operativo, 2 capturas de peces gordos y tres bandas desmanteladas.
El grueso de los medios de comunicación hizo también su avanzada aparatosa y dramática: casas de pique, torturas, trata de personas, rituales infernales: pilotos comerciales que habían desaparecido del espectro público y que estaban allí, carcomidos por los suburbios humanos y los submundos de la vida oficial: antiguos abogados prestigiosos visitados permanentemente en sus mazmorras por especialistas que decidían arriesgar su seguridad por sus consejos ilustrados: casas del terror que conjugaban el sadismo con la psicodelia de las máquinas tragamonedas con colores y trasfondos al puro estilo del arte pop.
Sensacionales los intentos por describir el fin del fin de la bajeza humana en plena arteria de la capital, a pocas cuadras de los palacios de Nariño y de Liévano. Espectacular, sin duda, la avanzada de las fuerzas integradas al interior del nihilismo pirotécnico, pero no es el fin y no es un parte oficial de exterminio de las mafias a grandes escalas urbanas como lo quieren pintar los aparatosos comunicados de prensa del orgulloso equipo del alcalde Peñalosa, en los que se ha afirmado con soberbia que las estructuras de narcotráfico desmanteladas allí representan un golpe certero al declive del crimen organizado.
No es el fin y no es un golpe certero a nada por las razones simples y obvias de una verdad con mayúscula sostenida y centelleante que han ignorado todos los estamentos del poder por las razones simples y obvias pero calladas, porque el sistema es un catequista resentido con las ideas heréticas. El Bronx no se acaba, solo muta su nombre como lo mutó el Cartucho y lo renovará el próximo centro del infierno por la insistencia estatal, necia y obscena, de mantenerle el estatus ilegal a la droga, como si todos los operativos antiguos y las alianzas con estados poderosos y las inyecciones astronómicas de dólares y las caídas legendarias de los capos históricos hubiera servido para algo.
Es una vuelta al círculo de la retórica que seguirá diligenciando formularios sobre lo inútil, armando ejércitos para lo inútil, improvisando economías caza fantasmas y lanzando arengas de esperanzas por el fin de un fin que nunca llega porque el círculo vicioso de las sustancias ilegales, custodiadas por ejércitos irregulares, se escurre mejor entre la oscuridad de lo que puede hacer el oficialismo diplomático con operativos efímeros, capturando peces gordos que reemplazarán infinitamente los restantes peces del suburbio que tendrá siempre el poder sobre su imperio aunque les corran la zona de dominio y les extingan el nombre.