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Dice el monotemático Plinio Apuleyo Mendoza en su columna ególatra y omnipresente en todos los eventos cumbres de la historia del mundo, que tras el humo de las negociaciones en La Habana, y tras los redoblantes del misterio, llega el nuevo tiempo político del país; una era tenebrosa dirigida por nuevas élites de izquierda que serán asesoradas y dirigidas por las penumbras ideológicas de Las Farc, y que los nuevos siglos tendrán deparados el advenimiento aciago del comunismo.
Esa cacareada teoría de la nueva Cuba usada por los idólatras del establecimiento colombiano ha quedado siempre fuera de contexto desde todos los ámbitos, ellos mismos lo saben, pero saben también que es la estrategia perfecta para amedrentar los nuevos votos potenciales del nuevo tiempo que efectivamente vendrá, turbulento y peligroso, pero sin las extravagancias delirantes de la supremacía de sus antiguos enemigos armados, y sin las posibilidades de tener la aceptación desbordada que tuvieron alguna vez los partidos rebeldes en los países conocidos, por tres simples razones públicas y naturales: porque la tradición del terror de las Farc y el rechazo colectivo a su marca los llevarán siempre a cuestas en su imagen, aunque su nueva imagen se encuentre desarmada; porque su descarrilada visión de la economía resulta aún más delirante que las ideas de Apuleyo, y porque carecen de líderes influyentes para acariciar las mieles románticas del auge del chavismo en Venezuela o la todopoderosa incursión de Castro en La Habana del 59, cuando incluso los modernos fachos quedaron obnubilados por la gesta.
Las Farc desaparecen del espectro público por fin como una bestia armada, y no deja de ser curioso que sean los mismos amantes del Establecimiento quienes se niegan rotundamente a verlos desarmados, negándose a su mutación diplomática, prefiriendo que el proceso convierta sus intentos en una nueva retaliación sangrienta para que vuelvan a la selva y nos fulminen en la guerra de baja intensidad que ha desangrado el tiempo. Son ellos mismos, los puristas de la política tradicional, los conservadores de los viejos esquemas, los que prefieren de nuevo a la bestia armada en sus bastiones antiguos.
Dan la impresión de ser cobardes negados a enfrentarlos en el único puente que tendrán, el lenguaje, y parecen revelar una asombrosa incomodidad en compartir curules con figuras no precisamente inclinadas a soportar exámenes de etiqueta francesa.
También resulta extraño y anecdótico que una figura de tradición, proveniente de las castas más puras del pedigrí nacional, como Plinio Apuleyo Mendoza, reconocido dromómano por las regiones legendarias de la historia de la humanidad, no haya entendido aún que la primera obligación de los países con posturas de progreso debe ser la emulación de sus viejos paradigmas y la inclinación permanente a dejar sorprenderse en el futuro, con o sin los suficientes sustentos para improvisar.