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El fiscal, otra vez

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Sigue haciendo todo lo posible para que nadie lo olvide, para que nadie lo opaque. Sabe muy bien que sus acciones son temerarias y agresivas, que su cargo está usándolo para otros fines, y que su nombre rompe con todas las fronteras de la misma ley que juró custodiar. Su descanso es el respaldo del máximo poder que lo puso allí para eso, y puede confiar en la suprema impunidad del lobby que todo lo puede y lo silencia. El fiscal Barbosa ha vuelto a retumbar con otro exceso peligroso: la persecución contra los agentes de policía que interceptaron los teléfonos del Ñeñe Hernández, y su judicialización exprés en tiempos en que todos los procesos, normalmente paquidérmicos y lerdos, son ahora entendiblemente imposibles. Pero para ellos, los traidores, no hay excusas ni plazos ni excepciones. No podían perdonarles la ofensa de haberlos lanzado a la palestra pública con toda la suciedad de sus aliados. Tenían que encontrarlos al interior de las tropas que dominan y castigarlos por alta traición y sacrilegio.

Sin importar que el delito mayor sea justa y precisamente la presunta admisión de dineros ilícitos en las cuentas de una campaña presidencial, y sin que importe demasiado que esa omisión olímpica y obvia raye en el insulto, sus prioridades estuvieron siempre dirigidas al castigo de los subordinados, y así lo hizo. Puede ahora dar parte de lealtad y eficacia ante la junta del partido que lo eligió para la salvaguarda de los apellidos nobles. Los agentes deberán pagar por haber entrado en terrenos prohibidos, aunque hayan cumplido con la labor que la teoría de su institución les ordenaba. Si lo hubieran hecho contra los chivos expiatorios tradicionales, estarían recibiendo ahora la Orden de Boyacá por su persistencia y profesionalismo. A esos límites ha llegado Francisco Barbosa en una institución que había dejado en polvo y ceniza Néstor Humberto Martínez Neira. No existe ahora un mayor desprestigio posible ni una forma medianamente pulcra de defenderla. La Fiscalía General es el título de un trono manoseado y ajustado por el lobby del gobierno de turno para salir ileso entre la podredumbre. Para eso se han ajustado las maniobras delicadas del dominio y un trabajo serio en el conocimiento exacto de los mínimos detalles de la ley para parecer obedientes de la Constitución y de las normas. Las ternas se escogen entre pactos previos y la elección definitiva cumple con todos los protocolos de las recomendaciones.

No resulta entonces extraño que el fiscal general bajo el Gobierno más pusilánime de las últimas décadas sea curiosamente un amigo de infancia, un impedido para señalar al presidente cuando sea necesario. Barbosa lo cumple a cabalidad y sin escrúpulos. Cada semana reaparece para demostrar su lealtad contra todos los pronósticos, contra todas las apuestas, y ha demostrado que puede llevar su amparo hasta las últimas posibilidades del riesgo. No importa demasiado, pensará, la estructura de una institución que ya valía nada cuando llegó a juramentar su dignidad sobre la escoria.

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