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Se acerca el día electoral definitivo, el día de todas las arengas, el día de los miedos. Miedo de la derecha por la interrupción de su continuidad eterna; miedo de la izquierda por su nueva marginación. El centro, que estuvo dramatizado muy bien por Juan Manuel Santos con su proyecto histórico de reconciliación y su permanencia en los modelos tradicionales del Fondo Monetario Internacional, no heredará su talento de malabar sobre la línea delgada del relativo humanismo. Será la elección de una visión una vez más compacta y sin evasivas: la interpretación de una sociedad desde la óptica del arribismo bancario y gamonalista, continuador de las reglas del juego que fundó Mariano Ospina Pérez a mediados del siglo XX con la pólvora y la dinamita que regeneraron las bestias modernas de la guerra, y la alterna versión del otro lado de la tradición: la óptica de una izquierda nunca elegida en dos siglos de reglas aceptadas por la costumbre.
Fajardo, junto a su coalición que atrae por la mesura y la fresquedad entre la guerra de los caudillos, tiene el defecto de no decir más que obviedades y perogrulladas en una coyuntura que exige posturas profundas, propósitos de base y respuestas ajenas a las predecibles que han terminado asqueando al electorado promedio, y que justo ahora, después de un proceso finalizado que ha removido los viejos intereses de los dilemas fundamentales de esta historia, quiere dar un voto firme sobre una propuesta estructural.
Sobre ese vacío cae toda la espuma de fuego de los dos ángulos políticos que intentan seducir sobre una acción definitiva frente a un contexto decisivo. El uribismo y su resurrección del laureanismo atávico, su teoría del latifundio monárquico, su cavernario conservatismo sustentado en teorías urgentes de seguridad contra fantasmas fugados de las últimas nubosidades del tiempo, y las huestes del progresismo, que frente a tanta ferocidad y cabalgatas de antagonistas con antorchas que siguen alumbrando los caminos al pasado, han inclinado sus miedos y posturas a la antípoda de la tradición: Gustavo Petro; una carga de dinamita entre los paradigmas económicos que han sostenido los teóricos bancarios que nunca pierden, y que en los días oscuros optaron siempre por salvarse con las cabezas de los estratos sin lobby. Toda esa tradición de ultrajes, ahora representada también por el delfín azul de Cambio Radical sin cambios, Germán Vargas Lleras, hizo, confiando en las viejas tendencias o ignorando las respuestas sutiles de la historia, la mejor publicidad a su adversario en el momento más crudo. Gustavo Petro retoma todos los discursos de los mártires que acribilló el Estado en otras épocas cruciales, unifica el malestar general contra los viejos sistemas inútiles, y hace uso de un método descuidado por sus contendores: explicar las causas del conflicto y detallar los problemas fundamentales de un futuro estancado entre el delirio de un progreso aplaudido solo por el Banco Mundial.
Si un candidato propulsor de una asamblea constituyente y de un terremoto estructural viene en aumento contra todos los pronósticos del prejuicio, no se debe a un amaño de encuestas que intentan conspirar con números y terrorismos simbólicos: el terrorismo simbólico fue justamente orquestado por siglos de embustes y escupitajos de los partidos tradicionales con métodos que asfixiaron la credibilidad hasta el hartazgo. El auge de Gustavo Petro sigue teniendo en la jactancia de la derecha a su mejor patrocinio y su mejor postor.