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El rasero conocido y peligroso de Juan Manuel Santos que conocíamos todos los que preferimos montarlo en el poder para evitar que el mal mayor y desastroso retomara el pulso, lo reafirma ahora, con todo el talante de las políticas del arribismo que había demostrado en su Ministerio de Defensa, sostenido con los métodos burdos de su jefe matasiete.
Los escándalos y los excesos se esperaban, y es natural que estallen ahora, cuando toda la tensión del proceso en cuestión, única labor trascendental que sostiene su legitimidad, se lleva los flashes y el enfoque de las críticas y los aplausos. Era esperado que el país pudiera feriarse ahora, según la tradición, justo en el momento climático de un evento alterno, implementando los reajustes del neoliberalismo clásico para alcanzar los niveles requeridos, y reactivando la moral de un Congreso chantajista que actúa a conveniencia del poder, siempre y cuando sus sueldos sean retroactivos y recuperados tras las últimas rebajas ordenadas por los fallos de la justicia. Por decreto presidencial, el Congreso puede concederle al poder supremo sus deseos: sus tajadas astronómicas sobre los sueldos misérrimos de un país sumiso y limosnero, han sido aumentadas, y su vocación ejecutiva puede seguir el curso de la historia sin chistar.
La venta de Isagén no pudo ser un evento mejor expuesto por las estrategias publicitarias sin tregua de una supuesta reinversión a futuro y una retroalimentación de la economía que vería sus efectos en la modernidad de las carreteras que opacaría por fin la vergüenza de una infraestructura vial sin pudor.
Han podido acudir a las mejores estrategias del lenguaje y de los números para argumentar la venta; la pueden seguir defendiendo con toda la retórica de los economistas, con todos los galimatías de una reinversión, pero no deja de ser la entrega de un patrimonio estable a dominios ajenos, y no deja de ser la última gran subasta de un país que lo ha vendido todo.
Así se enfilan las baterías en la carrera presidencial de su heredero político, encargado de preservar los nuevos huevos económicos de los ajustes logrados: el grandilocuente y pendenciero Germán Vargas Lleras, en quien recae toda la efectividad de la subasta más grande de las últimas décadas del país, y quien tendrá los suficientes fondos para arreciar en la carrera hacia la punta en la que medirá su candidatura con el fantasma que no aparece aún, pero que el folclor ya conocido de esta historia lo puede vaticinar sin nervios: un uribista pura sangre y extrañamente liberado de órdenes de captura o investigación que pueda arrebatarle el sueño con los pretextos recargados de una venganza política, y venda los reductos que le quedan al país de feria en el próximo cuatrienio, y reconstruya las agencias de inteligencia que pagarían bicocas de honor por información de sospechosos potenciales de comunismo, a menos que aparezca, otra vez, la alternativa que las encuestas silencian siempre con los bajos índices de aprobación para negarle estatus.
No son muchas las cartas del destino con las que el país pueda esperar el giro que pide en sus rosarios, pero puede entender, por fin, después del aguante en el hervidero de los insultos, que las castas políticas tradicionales no están allí por la gracia de un sistema monárquico, y que su conservación o su derrota definitiva la determina la movilización o la abstención de los civiles que se creen derrotados por el fatalismo.