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El ruido y las víctimas

Juan David Ochoa
18 de diciembre de 2015 – 09:01 p. m.

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Se firma el punto neurálgico sobre las víctimas, protagonistas fundamentales del conflicto, y saltan a la luz, a fustigar el tratado que las reivindica en el tiempo, los mismos que intensificaron la historia para que las víctimas se evaporaran en el descrédito y en la anulación por las políticas militares del conteo de cuerpos sin importar los nombres.

Mucho ruido alrededor de un punto acordado, como siempre, como suele suceder entre los corrillos de una cultura acostumbrada a la pólvora de las metrallas y al juicio primario según las suposiciones más sonadas de la atmósfera, o según los ronroneos provenientes de los caciques premiados del congreso. El hecho, sobre todo el runrún de los que nunca han sufrido pero ladran con más ahínco que los justificados, es que el punto crucial del proceso por finalizar está firmado, y tiene el aval de las víctimas más representativas de la guerra, hecho además histórico por ser la primera vez en el registro de los procesos de paz del mundo en que las víctimas se tienen en cuenta como principales elementos entre una mesa de confrontación y concesiones.

Entre los 75 puntos del acuerdo, el uribismo ataca sobre todas las aristas que percibe como ambiguas y retóricas (contrarias según su criterio a su discurso impoluto) a la forma como estará representada la justicia en términos de restricción de libertad para los culpables. No reconocen, nunca, los detalles mismos que ejemplifican el mecanismo de esa justicia que está supervisada por los países garantes y por las comisiones alternas, y entre esos detalles omitidos voluntariamente, por supuesto, está el mecanismo de selección de jueces del tribunal especial para la paz que decidirá la culpabilidad de los susodichos. Ni el gobierno ni las Farc podrán tener voz y voto en la elección de miembros del tribunal, y no tendrán injerencia en lo que interese a cada bando por razones obvias. Y continúa el uribismo afirmando que hay poca claridad en el acuerdo, y que en esa retórica de insultos al dolor no habrá reparación, y que se intensificará la violencia como si hubiera otro método y camino para evitarla distinto a un proceso que intenta reconciliar los bandos. Pero insiste y arrecia el uribismo y continúa su perorata de pesimismo ilustrado al condenar el proceso como un monumento a la impunidad por conceder premios de condenas irriosorias a los criminales de la Historia, omitiendo voluntariamente, otra vez, lo que conoce muy bien y sabe eludir en su discurso de caudillos píos: que los criminales de guerra no solo han pertenecido a un solo bando, que los bandidos en esta historia ya fueron reconocidos entre los dos bloques, y que el país, por haber sido destrozado desde todos los ángulos, y por no tener opciones de evolución desde una justicia ordinaria, necesita el soporte de una justicia alternativa, creada justamente para Estados destruidos, y que solo en ella se puede resarcir una historia a través de restricciones de libertad minimizadas que conllevan la aclaración de la verdad y la reparación a cuestas.

Nada de esta aclaratoria, que debería ser mayúscula, se encuentra entre sus gritos indignos, y ninguno de los rostros del uribismo usa el concepto clave de Justicia Transicional entre sus argumentos. Saben que su discurso desde ese contexto, es vano, y resulta, desde todos los ángulos, inútil.
 

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