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Los siempre inclinados a la saña contra todo lo que huela a imperio, en este caso al aturdido y cliché norteamericano, curiosamente niegan la existencia de otros, los lejanos y anónimos de los reflectores mediáticos, por la ingenua ilusión de creer que esos alternos imperios son invención del principal para expandir sus culpas.
Cumplen así, sin enterarse, con la mayor intención de las políticas de todo imperio: permitir que todos se piensen en él, y que nunca conciban otro mundo sin su sombra. Un círculo vicioso de la ingenuidad que se niega a romper las paredes del paradigma occidental aunque las nuevas espadas de Alá les zumben el rostro.
Quienes niegan la existencia del Estado Islámico de Irak y el Levante entre unas teorías de conspiración ya sin misterios para reinventarse, desconocen el viejo contexto de Siria, olvidado por la extenuante evidencia de los muertos, y la vieja y transversal historia de Al Qaeda, que no es más que un nombre también alterno del concepto central de los antiguos califatos: la Yihad: la palabra que más que una palabra es un conjuro para quien viva el Islam como una religión en recuperación histórica hacia los núcleos iniciales, aunque en la lucha por esa recuperación y ese prestigio perdido se acuda a los excesos del Corán y a todos los métodos para refrendarlo ante el mundo.
El yihadismo, explotado mediáticamente después del 11 S, no existe después del terrorismo, esa palabra instaurada en el ombligo occidental después del atentado a las torres de su orgullo. Existe en la larga historia del Islam, diluida en vertientes radicales y moderadas, y ha contado con múltiples organizaciones extremistas, omitidas en el juego militar norteamericano para enfocar la exclusiva atención a su enemigo íntimo, ahora mutado en el Estado Islámico: También fueron y son yihadistas radicales la Gama’a Islamiya de Egipto, la yihad islámica palestina y Abu sayad de filipinas. La historia no gira en la burbuja única que los medios alumbran en el mismo juego de las estrategias bélicas. La Historia es abierta y convulsa y ambigua, y en esa ambigüedad y convulsión surgió esa bestia oriental entre el humo de arena que dejó el retiro de la ocupación, con una campaña arrolladora de publicidad, sustento y armamentismo, y que ahora pretenden extinguir en un vuelo de pájaro.
No lo extinguirán: y si lo extinguen, extinguirán el nombre y no la hilera pulsional del yihadismo enfermizo que muta siempre entre los ciclos del repliegue. Lo que aún no entiende Obama y su dubitación demócrata y sus generales impulsivos es que no están frente a un ejército creado en una ideología coyuntural, sino en la pulsión violenta de una fe segregada y reorganizada en la anarquía de los estados irrumpidos, movida por los motores de un fin trascendental y no estrictamente político: La reivindicación de Alá entre los estados perdidos.
El miedo occidental ahora está más sustentado que su antiguo miedo a los desmanes de Osama. El Estado Islámico, sin ser reconocido internacionalmente, no es simbólico en su nombre. 2000 millones de dólares, un dominio territorial del tamaño de Belgica, un armamento exacto al de un estado constituido y un avance progresivo que ya cuenta en sus tomas con Musul, argumentan el peso de un Estado que quiere instaurar el califato en las tierras nostálgicas del continente y el dominio definitivo de la ley Islámica.
13 exactos años después de la incursión del Yihadismo en Occidente, Obama decide traicionar su moderación y su campaña. La Historia no suele retener por mucho tiempo las represiones del morbo.