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Aunque todos los discursos de aprobación al proceso intenten explicar la naturaleza progresista del SÍ con los mayores recursos, el argumento fundamental sobrepasa los colectivos y los esfuerzos del convencimiento; termina un paradigma, y ese reinicio de la historia, que también arrastrará al ELN por simple y pura presión coyuntural, presionará también a todos los focos enquistados del amañamiento cultural a reinventarse. Mañana podrá ser el último día de esta adolescencia.
La historia de esta pubertad fue turbia, como los últimos coletazos de una edad desorientada y terca: la perdición en el tiempo hizo de toda posible virtud un precipicio y de todo impulso un círculo vicioso. Esta nación de papel que apenas aparece en el mundo con estatus humano no tuvo nunca respiración desde los mismos años de la incursión de la Corona española y sus crucifijos de sangre, cuando el terrorismo bautizaba o incendiaba cuerpos de otra envestidura y otra palabra, bajo la bienaventuranza de la piedad, y continuó ese marco mental y esa tendencia entre las otras vertientes del resentimiento mientras se decidía al final de la colonia la conjunción continental bajo una sola bandera o el progreso de cada sociedad independizada entres sus reglas. La respuesta histórica fue otra masacre general entre los renegados a la idea bolivariana y los universalistas, y ese concepto de patria se ahogaba en su propia sangre mientras el título de boba se lo ganaba con saña.
Después la línea del rencor intensificó su experiencia entre el conservatismo criminal y el liberalismo desquiciado que naturalizó los métodos del crimen después de otra guerra de mil días, y ya era cotidiano y habitual, entre los códigos silenciosos de un paradigma acentuado, encontrar cuerpos en la calle con sus lenguas estiradas desde la garganta al pecho como una corbata roja y macabra festejando la época, y cuerpos atravesados por banderas que defendían sus partidos, y ríos que ya empezaban a traicionar sus cauces para vomitar muertos ajenos. Y aparecieron con las décadas los normales campos de concentración y los normales hornos crematorios de sus enemigos para sobrepasar el morbo, y cuando nada podía superarse y el lenguaje era un deshecho de los viejos puentes, nadie pudo explicar con espanto de dónde provenía la peste que carcomía las instituciones y el erario público, de donde llegaba el hedor que adormecía los espíritus para inmutarse, y de donde venía el delirio que aplastaba las palabras y no quedara otra opción entre el nihilismo que seguir el ritmo de las balas y una aversión con numerosas lecturas.
Es natural, como son naturales los paradigmas que demoran sus derrumbes, que prevalezca ahora el miedo a aceptar otro tipo de relación y otra forma de residencia sin los fantasmas del ajusticiamiento. Las víctimas, las únicas voces autorizadas para hablar con resentimiento, perdonaron. La historia cuadró sus décadas para firmar un acuerdo, y un plebiscito queda en la mesa para refrendar la mayoría de edad que nos supone el mundo. Mañana podrá empezar la opción de recordar este trastorno como una vieja traición de los instintos.