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Eutanasia y Boicot

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El autodenominado concejal de la familia Marco Fidel Ramírez, cristiano fanático y reconocido torpedo contra el progreso por obnubilaciones místicas, ha aparecido de nuevo en la palestra para demandar los protocolos de instauración de la Eutanasia en Colombia.

Sus argumentos jurídicos para tumbarla son frágiles, por supuesto, amañados y desesperados en la carrera religiosa por opacar los efluvios del sol moderno que los empieza a calcinar aunque sus rezos intenten anular las pautas constitucionales de un Estado Laico que intenta ser real desde el papel y la acción después de 24 años de pretensión progresista.

Aunque parezca inaudito y producto de una terquedad inconcebible, la posición de Ramírez y de su séquito de soldados de Dios es entendible desde el marco paradigmático de sus prejuicios. El cristianismo en su esencia no lucha por la muerte natural de la humanidad, de quien se adjudican como propiedad y franquicia, y a quien intentan defender de las “ terribles dictaduras” del c y de la Corte Suprema, ni lucha por la fluidez sin irrupciones de la existencia como don metafísico; el cristianismo quiere desde su morbo dogmático el sufrimiento y el dolor, porque en los gritos del cuerpo y en las prolongaciones de la agonía se redime el pecado según las herencias simbólicas del cristo con su cuerpo torturado y público. La dictadura, curiosamente, no es del Ministerio de Salud ni de la Corte Suprema, sino de los cruzados cristianos que pretenden que un país entero siga obedeciendo al símbolo del crucifijo y a la hostia de la redención sobre todas las leyes y los pactos civiles.

Otras vertientes del Boicot quieren tumbarla desde la retórica de una supuesta filosofía humanista. El padre Carlos Novoa, decano del programa de Teología de la Universidad Javeriana, adicto a las luces y a las cámaras y reconocido por sus risotadas de payaso feroz, ha querido argumentar tautológicamente los inconvenientes de la interrupción de la vida apelando no a los conceptos religiosos de la prohibición, sino a la obediencia de las sublimes herencias de la humanidad por permitirnos vivir después de todas los actos de amor para entregarnos un presente moderno. El padre Novoa es un experto en retórica y en discursos nebulosos para convencer por vías alternas a las desprestigiadas imposiciones de la fe. Su argumentación es emotiva pero nada convincente, pues la humanidad no es una entidad real sino una abstracción incognoscible y etérea, y no hay urgencias de obediencia bajo sus pretensiones sublimes porque los objetivos del progreso no han sido dirigidos para obligarnos a vivir, sino para vivir en la comodidad cada vez más alejada de las mezquindades y de los prejuicios opresivos. Y entre las grandes opresiones que restan sobrevive la prolongación impuesta del dolor por objeciones externas al mundo.

La modernidad le debe al individuo la posibilidad de elegir sobre su realidad, cuando sienta que su dignidad esté más denigrada que sus propios gemidos.

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