Furia de gamonales

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Desesperados y al borde de una histeria colectiva, los defensores iracundos de las objeciones a la JEP justificaron a gritos y a manotazos sus delirios. El Senador Carlos Felipe Mejía, ese gañán escandaloso y atragantado en las babas de la enajenación, rugió mientras la rabia le trababa las manos y le espesaba la lengua. No puede ser, se repetía mientras miraba con los ojos desorbitados por la ira, que el Senado estuviera ahora conformado por delincuentes y asesinos; no puede ser que la tradición política tuviera ahora que soportar la infiltración de advenedizos y marginales sin méritos. A su turno, el gamonal de todas las hectáreas posibles y dueño de toda la vida, gritó que prefería los viejos tiempos de la violencia a la insoportable sensación de compartir el mismo espacio con sicarios: una proyección emocional de sus entornos. Todo un espectáculo de pandilleros que rechazan en otros su naturaleza y su pasado. Los argumentos para destruir la Jurisdicción que detestan por inconveniencia estrictamente personal son ahora escupitajos degradados a una jerga de lavaperros sin miedo a revelarse cuando ven perder lentamente su tradición y su costumbre.

Pero antes del colapso pueden usar los métodos alternos para una última salvación: un recurso más allá del instinto que les permita sobrevivir al futuro con los mismos protocolos del pasado. Los magnicidios fueron los recursos de una élite inexperta y desesperada que podía resolverlo todo con un tiro aunque costara demasiado capital político y descrédito, pero la historia perfeccionó los métodos de contención con resultados sutiles y ajustó sus intenciones en los vacíos de un Estado de derecho inexistente: la desaparición de contendores por vías jurídicas, fallos ajustados al mejor postor o al ponente más célebre o temido o al pacto más duro. Los carteles de la justicia resultarían más efectivos que las antiguas oficinas de sicarios más sanguinarias. Los fallos parecerían ajustados al debido proceso y la respuesta no sería una desbandada de huérfanos jurando vengar la muerte de sus líderes. Es el método más eficaz para regular el statu quo sin mayores escándalos y el recurso más estratégico para ocultar las artimañas de la marginación.

El Consejo de Estado, curiosamente, tenía también en su mesa el caso de la doble militancia de Martha Lucía Ramírez, pero fue Ángela María Robledo la siguiente en la lista de la exclusión después de Antanas Mockus, un modus operandi que se ha hecho público sin matiz y aclara la desesperación y furia del establecimiento por destruir el mundo antes que dejarse juzgar y convivir con los nuevos partidos de la transición; un hecho que le significaría el debilitamiento progresivo de sus castas, la extinción de sus delfines, y la visibilidad de sus coimas y cohechos como único sustento de su vigencia. Mientras tanto, seguirán acudiendo a la histeria como su método más primitivo de negación. La vulgaridad sigue siendo su sello político más puro cuando la realidad los desborda con los efectos de sus viejos excesos y crímenes de los patriarcas que les permiten seguir allí, saqueando y escupiendo sobre este río de muertos.

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