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Tras los bombardeos de Trump, la calma prevalece. Pero es la misma calma anterior de la comunidad internacional que sigue sin saber aún qué hacer con sus organismos fundados para evitar o enfrentar exactamente estas circunstancias, precisamente este tipo de desastres humanitarios sin bordes y sin fondo, justamente esta guerra indescifrable y escalada que supera ya sus siete años de espiral con 500.000 muertos y cinco millones de desplazados.
El panorama no es esclarecedor: Irán aumenta sus bases militares en regiones estratégicas de Siria; Israel, viejo archienemigo, ha prometido impedir cueste lo que cueste que esas bases sigan extendiendo sus dominios; Rusia eleva su tono militar frente a cualquier injerencia directa contra la soberanía de Al-Asad: los kurdos siguen allí, guerreando sin patria y sin reconocimiento entre la polvareda de la confusión; ISIS sobrevive y diseña nuevos rearmes y reagrupamientos aunque Putin diga lo contrario; Francia y Reino Unido aparecen ahora entre las fuerzas aliadas. La escalada sigue tronando y la ONU, espectadora apática de una destrucción que ha extendido sus efectos a todos los continentes, sigue en silencio: contempladora impedida por su propio idealismo y sus votaciones internas que tienen exactamente los mismos intereses de las potencias enfrentadas, y que terminan anuladas por lo mismo.
Aún no hay consensos serios sobre la autoría del uso de armas químicas contra la población civil, pero el río especulativo dijo y reprodujo el nombre de Al-Asad como el principal sospechoso, por razones que no dejan de ser prácticas: es el gobierno quien regula y custodia las fábricas y hangares del arsenal, y es quien tiene el principal interés en doblegarle la moral a ese ejército multiplicado de rebeldes, que tienen en sus filas todos los motivos y los intereses posibles por derrocarlo. Entre todo el desastre humano y el caos informativo, Trump ha sabido utilizar el aturdimiento a su favor, a tal punto que su último envío de 100 misiles teledirigidos contra sitios estratégicos de manipulación y resguardo fue defendido y apoyado por la comunidad que se ha confesado enemiga de sus políticas salvajes. El mismísimo Justin Trudeau, faro del progresismo, apoyó el ataque, y es Trump ahora quien gana las cartas de la presión que no ejerce la ONU, aunque la carta sea inútil. Y resulta inútil por las mismas razones prácticas de un conflicto que no da cabida a la disuasión o al impacto mediático de las amenazas psicológicas. El laberinto y el círculo vicioso seguirán sus mismos patrones conocidos: Rusia defenderá hasta el final la soberanía y la legitimidad de Al-Asad, Estados Unidos no podrá sobrepasar sus acciones quirúrgicas contra sitios estratégicos y no podrá incursionar en tierra, si le queda un poco de razón al magnate presidente, por las altas probabilidades de una escaldada definitiva, y los rebeldes seguirán modificando sus tácticas de guerra al interior del infierno sin que nada se modifique en el mundo que será testigo obligado de esta guerra civil mutada en un conflicto sin antecedentes, sin categorías, y sin culpables y partícipes claros de la catástrofe.