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Humanismo y abstracciones

Juan David Ochoa
12 de diciembre de 2014 – 09:00 p. m.

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El escándalo por las reiteradas violaciones a Derechos Humanos en América asciende en un ritmo de horror y rabia; las cifras son claras y ameritan la exasperación: 83 amenazas y 9 desapariciones a defensores de Derechos Humanos en Antioquia en 2014.

145 reclusos intoxicados extrañamente en Venezuela durante una huelga de hambre por torturas. 43 desaparecidos en México por las políticas mafiosas de un Estado derrumbado. Los números y las cifras se extienden desde el cono sur hasta la misma Casa Blanca de la pulcritud estatal en la que Lincoln aún deslumbra en su defensa y ratificación de los derechos fundamentales, y que hasta hoy sigue eclipsándose, ahora por las declaraciones del director de la CIA, John Brennan, en la confesión de “prácticas abominables” con los presos de Guantánamo.

Suelen decir algunos bandos del optimismo que la humanidad supera progresivamente sus hábitos sociales, y que el tiempo no es el mismo que en los tiempos de Roma bajo las histerias de Nerón, o que en los días de Ruanda bajo la furia de los hutus. Pero el tiempo suele burlarse de los decretos categóricos, y suele demostrar que los retornos siempre son posibles; lo hizo en el final de la Belle Époque, cuando Occidente nadaba en las flores de la civilización en su última escala en el futuro, y levantó la fiesta y el orgullo con el soplo de los totalitarismos que llegaron después a quemarlos a todos en la división salvaje de las razas. La confianza y la ingenuidad las han pagado caro las sociedades cuando han creído que su instinto ha sido controlado de tajo, y que la lógica, esa puta que se acuesta con todos, de la que hablaba Shakespeare, domina indefinidamente los campos y límites de la entropía. Los tiempos no suelen revelar ahora los crematorios abiertos de Auscwitsz, pero revelan otros métodos sutiles y efectivos de represión que contienen la misma atrocidad en su silencio mediático.

Pero el error más simple sigue cometiéndose entre el mismo lenguaje, y lo cometen todos los estadistas que ahora se ven forzados a la ignominia cuando las cifras los contradicen en sus discursos poéticos de civismo. Reiteran y vuelven a la palabra Humanidad como esa gran realidad a la que deben defender aunque pragmáticamente deban morir o desaparecer o torturarse algunos para que esa abstracción se salve y sea digna de su nombre. Lo había hecho ya Robespierre en Paris, en la célebre ironía de la revolución fraterna, decapitando a 15.000 disidentes para que la Francia humana pudiera merecer la hermandad y la gloria. La reducción de la realidad a ese absurdo de abstraer los deberes éticos en una palabra nula ha concluido reiteradamente en masacres sistemáticas para permitir que esa palabra perfecta sea posible.

Ha sido siempre el sueño del poder desde esa tierna y macabra esperanza de creer en la plenitud para los hombres: lograr la salvación total, el equilibrio total, la historia única. Después de que las calaveras resurgen de la tierra para demostrar los fracasos de la fragilidad embebida en el mando, vuelven las cifras a constatarnos de nuevo en la consternación que la Historia de esta especie es frágil, y que los Derechos Fundamentales del Hombre no trascienden aún el triunfalismo del papel.

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