Incendio en el teatro Kodak

Juan David Ochoa
24 de febrero de 2017 – 09:00 p. m.

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La versión 89 de los premios Oscar no será una tradicional ceremonia de clichés predecibles que cuenta generalmente con un maestro de espectáculo iconoclasta lanzando sátiras antisemitas, y una alfombra roja y tediosa de vestidos y paños posmodernos para impresionar al aburrido mundo de las normas, y discursos saturados de lugares comunes y grandilocuencia venial.  

La transmisión tendrá el carácter de una ceremonia militante y politizada sin precedentes conocidos, y será usada, con razón, como  la catapulta internacional de la rebelión contra Donald Trump y su séquito de nacionalistas también fanáticos del espectáculo. Será la gala de un enfrentamiento entre dos paradigmas del show, esta vez por parte de la industria todopoderosa del cine.

El evento, aunque esté enmarcado en un ámbito de industria y de aparente espectacularidad liviana alrededor de la imagen y de un potentado económico  como soporte, no dejará de ser trascendental: la comunicación usada con todas las argucias contemporáneas y virales será la misma plataforma ya usada por el nuevo presidente y será lanzada de frente contra él por sus antagonistas exactos. Saben que, estando en vivo desde el  teatro Kodak ante el mundo, será el mejor momento en tendencias y prime time para hacer de su figura de emperador apocalíptico la parodia de un payaso frágil y derrotable.

Todo justo en el marco de unas nominaciones que juegan coincidencialmente con la coyuntura: La La Land: una pirotécnica proeza de estilo y ritmo de Damien Chazelle alrededor del idealismo más puro de un musical, matizado con la  aparición recurrente de la derrota y del error sobre la pureza del deseo y de las perfecciones tiránicas. Moonlight, la cruda narración de los suburbios y de una raza azotada aún por las vigencias de la exclusión,  entre el matoneo, la homofobia y un conflicto familiar que en conjunto aparecen sobre todos los dramas como el coctel perfecto del nihilismo. Lion: historia de la salvación entre la inmigración y la pérdida. Y Manchester By the Sea; una tormenta incendiaria sobre la fragilidad y el miedo. La delicada destrucción de un espíritu que es siempre todos los espíritus, confundido bajo las infamias del azar y de la tímida voluntad humana contra el mar de las calmas esquivas.

Durante la descomposición del atronador papel de Cassey Affleck en Manchester, a quien la relativa justicia tal vez le reconozca el premio principal, trascienden todos los destellos humanos: la compasión, aún entre el resentimiento más duro de una vida contra sí misma; la calma inexplicable, aún entre el abatimiento más cruel; la violencia repentina aún entre la noche más tranquila; la resiliencia contra todo pronóstico y misterio.

El Adagio de Albinioni retumba entero en una escena que incendia y arropa a la humanidad con sus barrancos sin lenguaje y sin nombre, sin opción para categorías o razones, y sin margen para los juicios

Tal vez se alce el incendio de esta película con el premio de la noche sobre los otros incendios políticos de una vida liviana y brutal que transcurre sin el matiz de un Adagio para ajustar los golpes, sin un guion cuidado para entregarle una balanza a los absurdos largos y desmedidos del tiempo, y sin un corte general y definitivo que pueda entregarle estética a este desmadre de papeles consumidos por el olor antiguo de la costumbre.

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