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El 30 de septiembre de 2002, el Consejo Nacional Electoral le disparó el tiro de gracia a la unión patriótica.
El partido que ya estaba muerto y tendido con sus cinco mil cadáveres acribillados en el genocidio orquestado por los cerebros del orden, siempre en la sombra, y sus engendros no oficiales y auspiciados, siempre en silencio, para el trabajo sucio. El genocidio, para que nadie creyera que era una advertencia sino un juego pragmático y codirigido desde el mismo placer del encarnizamiento fue titulado con morbo y frialdad: El Baile Rojo.
Una década después de deambular como un fantasma literal en la memoria de los adaptados al país de los muertos, el Consejo Nacional Electoral decidía borrarlo de raíz y para siempre de su historia por carecer de votaciones básicas. Candidatos no quedaban, ni votantes que se atrevieran a modular el nombre peligroso del partido a cambio de un tiro. La unión patriótica perdió su nombre y su oficialidad, y la honra de sus partidarios se hizo humo entre la impunidad y la barbarie.
Ninguno de los estamentos del poder de pronunció ante el hecho. Ya se encontraba en el trono de la presidencia el Señor que impartiría otros niveles de venganza y cuadriplicaría los ríos del desprecio con el mismo morbo y con la misma frialdad de quienes, fieles siempre a la verdad de las ráfagas, prefieren la fuerza a las razones para argumentarse en el tiempo. Para entonces la amnesia ya hacía su trabajo en las generaciones que empezaban a nacer sin conocer las narraciones del horror y ese prontuario siempre impune del Estado que reinventa siempre su pudor para exigir respaldo. Los nombres del partido muerto que seguía las cláusulas de la participación en la vida pública (democráticamente, sin ningún recurso de violencia) como ordena la ley, terminó totalmente exterminado bajo el mismo auspicio y la misma omisión del establecimiento. No parecía humillante o increíble que el estado, una vez más, le diera el golpe de gracia jurídico a un movimiento que contaba solo con la honra de su nostalgia.
De todo el baile de sangre sobrevivió Aida Abella. Soportó el atentado que debía borrarla también, desde la lista infalible del exterminio en mayo de 1986, cuando el estruendo de una bazuca, en pleno norte de Bogotá, le demostró el poder de una operación oficial a cielo abierto. Se exilió 17 años en Suiza. Ahora ha vuelto a dirigir el mismo partido después de que un fallo reanimara su personería jurídica, y ha sido víctima de un atentado, otra vez, pero no por la autoría de los anónimos eternos, ni por los ultramontanos o los ultrafachos de turno, sino por las cuadrillas perdidas en la selva y en la atemporalidad del ELN. Increíble y cierto, inconcebible y real como el país patológico de la ironía. El “percance”, como lo llama sin vergüenza el comando central, es otra exacta pintura de una guerra naufragada en la ventisca azarosa los tiros. Ni predecible resulta ya la historia de un conflicto reprimido ahora por la amnesia. La mesa de la Habana sigue teniendo en la balanza el futuro de un país perdido.