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Se empantana el proceso en La Habana, como estaba previsto en la naturaleza de un diálogo atravesado por la historia, por los objetivos de los bloques y por la obviedad de una enemistad ensangrentada.
Creer que un proceso de paz entre dos enemigos atávicos puede desenvolverse en un hilo conductor ideal, superando puntos cruciales de proyectos futuros y negociaciones drásticas sin contrariedades ni temporadas de celo mutuo y continuo es una ingenuidad; y la ingenuidad la han cometido también las dos facciones en un pulso de poder también esperado y predecible; Las Farc, al cometer estúpidos errores públicos sin medir las dimensiones de un contexto herido, y el ala del gobierno, al no saber comunicar nada del proceso ahora ni nunca, y al cometer el error más estúpido aún al decretarle límites de tiempo cortos a un diálogo sustentado en la ambigüedad más grande entre los conflictos históricos del continente.
Aunque existen serios problemas de fondo entre la concepción del fin del conflicto, entre los métodos de refrendación y entre los beneficios y los contra de una firma con o sin dejación previa de armas, el punto crucial del proceso está en el mismo país expectante, ahora resentido, con razón, por los alternos desastres políticos conocidos que socavan la credibilidad en un futuro aún más desigual por los torpedos de una reforma tributaria y un continuo desmoronamiento de instituciones nada común que debilitan el concepto abstracto que se negocia, y que por esas mismas espinosas razones, podría el país negarse a aprobar los acuerdos, por brutalidad, por venganza o por desconocimiento; tres razones creadas por el monstruo sutil de una comunicación deficiente.
Pese a los errores gruesos, también predecibles en una sociedad acostumbrada a las balas y no a las ideas, el proceso en curso continuará su cauce hasta un acuerdo definitivo, y debe defenderse aunque se demore lo que los ansiosos pescadores de los ríos revueltos no estén dispuestos a aceptar, y aunque estallen de ira y de indignación por una guerra que no les ha tocado en el destino. Las guerras no concluyen cuando los espectadores de sofá lo decidan o lo deseen; se acaban cuando las partes afectadas lo negocien. Aquí las víctimas han avalado el curso del proceso sobre todas las encrucijadas y no fastidian con berrinches de desesperación por una firma, aunque tengan, ellas sí, las suficientes razones para presionar sobre la mesa.
Son muchas las razones para permitirle su curso al proceso aunque la comunicación interna se traicione a sí misma: el retorno al desangre sería un error ya no estúpido sino fatal; la firma trasladaría la confrontación hacia la civilizatoria imposición de los argumentos; y sobre todas las razones y las obviedades, la posibilidad de girar una inversión denigrante de la economía hacia las urgencias sociales de un país humillado, y hacia su equilibrio con las medidas sociópatas de las reformas tributarias, que no resistiría un país enclaustrado de nuevo en la inversión a sus bolsas para muertos.
PD: Los Estados Unidos respaldan el proceso de paz y prometen defender la integridad de sus negociadores en el próximo posconflicto. Podrían ejercer un mínimo de pragmatismo entregando a Andrés Felipe Arias, el promotor insigne de la desigualdad; germen de todas las violencias.