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El 11 de noviembre de 1918 finalizaba la Gran Guerra; el primer conflicto que trascendió las plataformas de una Europa acostumbrada a sus cataclismos internos y a su asfixia jurisdiccional, y sobre el mar y las trincheras hizo llover su ruido de bayonetas y nubes de gas mostaza como una niebla que empezaba a separar para siempre esa vieja historia de imperialismos desbordados y monarquías ancianas que hicieron de su cansado paraíso un pantanal del infierno que iba a durar cuatro años con 70 millones de militares y 20 millones de muertos, y sobre el tiempo y su largo su armisticio iba a seguir gimiendo como una bestia negada a morir con su segundo coletazo de seis años y 60 millones de muertos más. Un principio de siglo que fue una arcada de sus antiguos silencios comprimidos y sus largos rencores hasta que un tiro en una calle de Sarajevo atravesó el cuerpo del archiduque Francisco y todo el mundo se incendió con los avances de ese fuego antiguo que se tragaría el tiempo en su espiral de fosas y de aviones y de tanques y caudillos que prometieron la salvación más pura y lo acabaron todo.
En el pantano de esas trincheras sin fin, y entre los cuerpos hediondos que no podían levantarse porque las balas atravesaban todos los flancos y los días con la misma intensidad del primer estruendo, estaban rugiendo allí los jóvenes que iban liderar los hechos principales de la Segunda Guerra; la guerra de la venganza también fracasada. Ya estaba allí el cabo Hitler ganándose medallas de honor por su rabia incontrolable, y estaba Winston Churchill ejerciendo como primer lord del almirantazgo británico, y estaba Stalin como el comisario político del Ejército Rojo al borde de una escalada fugaz hacia el poder absoluto. Franklin Roosevelt, al otro lado del mar, fundaba la reserva de la Marina del país que apenas atendía las necesidades básicas de su ejército.
Estados Unidos entraría tres años después lanzando sus tropas inexpertas al mar internacional y definiendo el curso de la guerra que ya había merecido con su ingreso el título oficial de una guerra del mundo. Su decisiva participación en la victorial definitiva de los aliados la iba a convertir en la potencia contemporánea que sostiene su imagen y su poder desde otra plataforma continental y lejos de todos los roces y los ruidos, y recibiendo los pagos de una deuda que los hizo soberanos de la tierra y vigilantes del statu quo a su medida. Esas noches fatales que solo iluminaron las luces de las ráfagas y que dejaban ver solo las máscaras que repelían el gas como animales de otro mundo se acabarían ese 11 de noviembre, hace exactamente un siglo, con las firmas que se hicieron en el vagón de un tren al interior del bosque de Compiègne. En junio del año siguiente se pactaron los términos de paz y las sanciones en el Tratado de Versalles, en el mismo salón de los espejos del palacio donde Luis XVI y María Antonieta, 129 años atrás, fueron arrastrados por la furia francesa en otra noche aturdida por el estallido de la primera revolución que también lo definiría todo.
Pocos años después de los tratados, el cabo Hitler ya se había convertido en el furioso orador que revivía los viejos rencores y prometía una venganza total contra todas las banderas y las razas que habían humillado a Alemania. La frágil democracia entre la frágil humanidad lo eligió sobre las nuevas escalas del siglo, y los aviones volvieron a volar sobre la tierra vomitando fuego.