La tormenta

Juan David Ochoa
24 de noviembre de 2018 – 12:00 a. m.

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El fiscal intenta respirar en la tormenta, camina contra todos los vientos, habla contra toda la lógica y la razón, pero lo hace con calma; su voz sigue impertérrita entre el mayor de los escándalos que haya vivido un fiscal general en los últimas décadas, pero confía en su futuro: sabe que la Comisión de Acusaciones es también la encarnación más grande de la inutilidad, y que el Congreso rema a su favor, y que el presidente es el mismo que guarda en su espalda la sombra de Odebrecht; el principio y el fin de este círculo asqueante de corrupción y muerte.

Néstor Humberto Martínez es tal vez el funcionario más adaptado a los movimientos tácticos de una burocracia monumental: desde los tiempos de Samper, conoce con precisión los cálculos que pueden engendrar cataclismos mediáticos o la preclusión de un delito evidente. Un elefante blanco pasó también a sus espaldas mientras fue ministro de Justicia, y la tronamenta de Pastrana estalló también sobre su nombre como Ministerio del Interior.

Fue superministro de Santos y tuvo el camino arado para su ascendencia al trono que vigila y regula el orden de todas las cosas con la experticia del jugador que lo ocupe. Pero sus cartas empezaron mal desde el primer día de su nombramiento en una terna que tenía entre sus nombres la fiabilidad de Yesid Reyes (amenaza latente ante el poder y sus entuertos). Aunque su bufete de abogados había cambiado insistentemente de razón social para matizar sus permanentes conflictos de interés, no pudo nunca disimular la sombra de Luis Carlos Sarmiento sobre sus firmas y las futuras decisiones de su cargo. El banquero más grande de Colombia, presidente práctico de la derecha tradicional y dominante oculto de la información, sería desde ese momento el jefe oficial de la Fiscalía General y de la Presidencia misma. Nada se mueve aquí sin el consentimiento del dueño universal.

Ese el núcleo central del escándalo más grande del siglo: las firmas y las empresas tras los sobornos de Odebrecht tienen nombre propio y un prestigio inviolable entre sus contratistas. 

Para esas mismas tácticas llegó Néstor Humberto Martínez Neira, curiosamente tiempo después de que el controller Pizano había empezado a cuestionar anomalías y números extraños que empezaban a acumularse en una sola tormenta.  Con su experticia y su retórica, Martínez Neira ha intentado eludir los focos sobre su responsabilidad, y una vez más acude al truco infalible de acusar una conspiración sobre su cargo y una vendetta de viejos enemigos. Pero los audios hablan sobre sus excusas, los testigos están muertos y, sobre todo, el espanto permanece imperturbable, ignorando el asedio de su propia voz y sus propios pasos, eludiendo su propia sombra y su propia labor.

El fiscal se investigará a sí mismo y determinará si las pruebas son suficientes para hacerse a un lado. Pero promete respetar los consejos de quienes le sugieren resistir aun después de que intentara defenderse en vivo y en directo, y contra todos los límites del absurdo y del misterio lo llamara un urdidor de incendios a reiterarle que debe sostenerse aunque la institucionalidad se pudra y nadie vuelva a creer en nadie y nada en esta larga espiral de impunidad.

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