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Aunque la palabra Verdad sea esa abstracción y esa utopía perseguida por los siglos circulares de la filosofía sin mayores aciertos, y azotada por los ejércitos de todas las religiones del mundo sin haber sustentado nunca las cantaletas de sus hermandades, empieza a tener ahora esa palabra en Colombia una concepción más honda, más pragmática, acortada desde sus ángulos de imposición oficial hacia las versiones abiertas de la impudicia.
Un objetivo con resultados oscuros tiene la Comisión de la Verdad en la mesa de la Habana. Oscuros y nauseabundos pero necesarios, por supuesto. Y no será ahora la Verdad nombrada por Fernando Londoño Hoyos, el emisor de dogmas pronunciados desde su programa radial con la voz exacta de los curas decimonónicos de la última inquisición, ni por la declarada con el tinte docto del abogado y custodio del Opus Dei Alejandro Ordóñez, ni por la otra cara del mamertismo ridículo de los últimos aduladores de la URSS, quienes elevan el discurso denunciante de los desmanes del Establecimiento a esa otra imposición de la verdad de las izquierdas sagradas.
La verdad le estallará en la cara a un país maleducado con la versión oficial de los bandidos y los héroes, y empezará a entregar las listas de la náusea y del miedo en esos miles de centenares de muertos que empezarán a salir del anonimato con el nombre propio de los victimarios, que en los bandos confundidos de una guerra sucia, intercalaron las leyes y el discurso y se entregaron al morbo. También empezará el derrumbe de ese otro paradigma que le sugería a la modernidad urbana que esa guerra de los libros de Historia se libraba en la selva con campesinos analfabetas, destinados irremediablemente al sufrimiento, y no en la pasividad de las ciudades centrales, donde estaban justamente los cerebros del sostenimiento bélico y los financistas de los armamentos para bando y bando y para todos destinos sin discriminación en la carrera de esa vieja Verdad incuestionable del enriquecimiento sobre toda la sangre.
Y es natural que los personajes oficiales de la Historia oficial salgan ahora en la indignación por el trabajo de la comisión que de antemano les parece curiosamente sospechoso. Es natural que sientan temor. Esa Verdad por abrirse los nombrará también en el grado de criminalidad y posicionamiento en esa otra versión que los revelará como orquestadores del principio de todo el desangre y como socios de ese circo de la muerte que empezó a sostenerse cuando el dinero dejaba de estar empoderado en sus cuentas secretas del HSBC, y se veía más digno y creciente en esos matorrales lejanos donde moría la chusma, y donde la inversión en los programas militaristas resultaba más amplia como las verdades amplias de la demagogia.
La Verdad, en los términos en que aparezca, le entregará a cada ciudadano de este país enfermo su grado de responsabilidad por omisión, acción o indiferencia.