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La ambigüedad de la guerra desatada hace 14 años a Occidente por parte del Yihadismo puede definirse en máximas pretenciosas de análisis sintéticos, se pueden resumir las causas históricas y coyunturales para alumbrar medianamente el caos del enfrentamiento entre dos hemisferios y sus dos paradigmas estallados en el filo de los extremismos, pero es el mismo Daesh, o autodenominado Estado Islámico, quien ha entregado desde siempre la mejor definición de esa complejidad al final de sus videos propagandísticos “Nosotros amamos tanto la muerte como ustedes a la vida”.
En esa máxima se sintetiza gran parte del asunto, y es justamente ese punto el que complica todas las posibles respuestas militares y estratégicas de Occidente entre sus intentos de defensa. No puede haber efectividad de contrarrestación si la idea de cobro está enmarcada en la muerte o en el exterminio, una palabra que divide ya el vacío entre los hemisferios desde su concepción mística y moral, y no existe tampoco posibilidades próximas de eliminarlos como grupo terrorista porque no son solo un ejército armado hasta la obstinación, amos y señores de un territorio del tamaño de Bélgica y dueños de un armamento similar al de un Estado oficial, son una ideología recargada en el apasionamiento del martirio, y las ideologías se heredan y se desbordan en el tiempo y en la geografía como se hereda la sangre.
La complejidad aumenta cuando se entiende que la persecución al yihadismo en los supuestos bastiones de Siria no tiene tampoco un sentido real y aterrizado, porque los bastiones del paradigma yihadista están ya dispersados en todos los extremos de Europa, y entre sus filas existe el número nada indigno de 3.400 occidentales adoctrinados para hacerse estallar por un Dios alterno y por las causas históricas de otra razón igual de ambigua al del fanatismo exclusivamente religioso: las viejas incursiones de países occidentales en el mismo territorio que hoy hace temblar al mundo, cuando dividían el Imperio Otomano a su antojo sin prever las bombas de tiempo que explotarían en el momento en que los trazos geográficos dibujados a su gusto hicieran de las etnias fusionadas un infierno.
Los atentados que ahora hacen de Francia el nuevo centro del terror no finalizarán con el fin de los bombardeos en Siria, como suele repetirse en comentarios aislados entre todos los medios que despliegan lo que naturalmente aún nadie entiende en su magnitud. El fin del Yihadismo es el mismo que han repetido desde que empezaron a hacerse tomar en serio: retomar los territorios perdidos del viejo Califato y cimentar nuevamente su Dios en las tierras consideradas infieles y degradantes por su virulencia. Por esa razón, y por todas las razones existentes, ubican ahora a Francia en el centro de sus prioridades. Excluyendo las ya conocidas razones históricas, es el país que le entregó a Occidente la posibilidad práctica del individuo, y la viabilidad de los Estados Laicos. Los métodos de terror, poco recursivos y rápidos para mayor efectividad, no serán suficientes para retomar un continente, pero logran transmitir la idea de una Europa impotente entre sus métodos de defensa frente a la pasión de quien quiere morir para ganar un paraíso.