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Quienes no tienen miedo a morir tienen ventaja vital en los frentes, donde la muerte barre sin tregua y sin dolor ante cualquier error de los nervios.
Ese es el impulso pasional y místico ISIS; mueren con la ilusión de entrar en el paraíso sin dificultad por los méritos del martirio, y es el mismo impulso de los Kurdos, el pueblo sin patria y sin Estado esparcido por todas las regiones protagónicas del conflicto, y el único ejército que ha combatido el yihadismo de frente, en la línea del fuego, en el mismo centro del maremágnum internacional. Es justo en ese frente y en esa línea, en que el polvo del desierto arrastra con cadáveres y gemidos de fe entre los estallidos de las bombas, donde resisten las legendarias mujeres kurdas que han decidido exponerse sin temblor; saben que en la ideología de la Yihad, si un combatiente muere a manos de una mujer, tiene ganado el infierno.
Lo hacen desde mucho antes del recrudecimiento de un conflicto que ha venido ganando las alertas rojas de un caos a gran escala en el que ahora se ha integrado Inglaterra como el nuevo bombardero contra el monstruo. Los kurdos ya resistían allí cuando ISIS tenía la misma connotación pero no había alarmado a la pasiva Europa con sus atentados de espectáculo. Resistieron en la toma de Qaraqosh y de Kobane y de Mosul, y caían como moscas sin que fueran mártires célebres en la región, donde en las múltiples complejidades del tiroteo de todos contra todos, ha sido siempre obvia la indiferencia de los Estados oficiales con los muertos sin pueblo y sin Estado que han caído por ellos sin querer y por sus beneficios, aunque en los curiosos juegos de la guerra y de la lenta historia, es posible que los Kurdos, después de las fronteras borradas y del nuevo orden en el medio oriente, puedan ganar por fin su sueño milenario de merecer un Kurdistán legal y definitivo.
Las nuevas estrategias en la región por parte de los aliados, que no son diferentes a la misma estrategia inicial e inútil de bombardear un Estado que no existe en una región abstracta donde se esconde una bestia escurridiza y volátil, no harán más que perturbar el río de sangre en el que empiezan ahogarse los mismos aliados con sus aviones caídos por fronteras violadas, y recrudecer el caos de las poblaciones que han tenido que migrar por la polvareda de las bombas, fusionándose de nuevo entre las etnias y las fronteras que intensificarán el resentimiento y los choques.
Es posible que después de un bombardeo intenso, cuando los grifos de petróleo hayan quedado fundidos y esos supuestos recursos económicos del monstruo hayan sido mermados, vean salir de nuevo los cuerpos de ISIS con su alterno sustento económico, mucho más vital aún, inyectado por los otros países de la zona que Turquía y los Estados Unidos conocen muy bien pero no tocan por razones hipócritas, y sea en ese momento cuando decidan entrar sus carro tanques en tierra, otra vez, y vuelva la ya manida historia y el legendario dilema del invasor que duda entre no salir por sostener el control, o salir y atenerse a que los hijos de la guerra vuelvan agigantarse con un odio superior a las viejas razones, haciéndose llamar con otro nombre para estallar de nuevo el maremágnum y repetir, con los mismos argumentos, otro siglo.