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La crítica más sosa y ordinaria al proceso en curso entre los furibundos que prefieren el retorno de las guerrillas a la selva con sus bombas y sus pipetas de gas es la que pretende destruir la naturaleza de los diálogos por considerarlos imperfectos.
Se niegan a vivir en un Estado imperfecto con la firma imperfecta de un acuerdo, sobre una historia política que, según sus dialécticas ecuánimes, ha sido virtuosa, inmaculada y pura. Solo un partido como el Centro Democrático, proveniente de una ideología peligrosa que ha pretendido la gloria en términos absolutos desde los informes y los resultados militares, y desde los números redondos de bajas como únicos argumentos de la imponencia puede darse el lujo de oponerse con semejante adefesio.
Lo que existe detrás de ese exabrupto ideológico es una obviedad, pero en Colombia hay que explicarlo todo con las pinzas de los lugares comunes para desentrabar progresivamente el enorme lugar común de la fuerza bruta en que la realidad se ha discutido aquí desde siempre. Lo que no entienden o se niegan a entender los detractores del proceso es que la imperfección y lo frágil son inherentes a lo humano y a lo social, porque lo humano y lo social no ha podido definirse nunca en términos exactos o concretos. Lo natural en el mundo ha sido justamente lo ambiguo, y solo desde allí se ha construido la improvisada vida de la humanidad que ha permitido un progreso medianamente aceptable para resistirse sobre todos sus abismos. La naturaleza misma de las acciones y de los discursos seguirá siendo defectuosa hasta que la raza humana expire con sus dilemas vírgenes, y esto lo han entendido todos los que han pretendido detallar el mundo más allá de lo obvio. Solo los tiranos pueden pretender la perfección entre el caos humano, y lo perfecto entre la interpretación de una historia turbulenta.
El uribismo sigue comportándose igual, como los mismos dictadores que embisten desde sus discursos morales para aclararle a sus rebaños lo que nunca deben ser, lo que nunca deben seguir y como deben comportarse, lo que puede llegar si ese monstruo del castrochavismo maldito, nombre renovado del viejo chivo expiatorio del comunismo ateo, se toma con su fuerza magnética las mentes de la generación.
Aclaman por una perfección a costa de los muertos, como lo hacía el ministro de policía de la Revolución Francesa Fouché, sobre Lyon, por disidente, la misma ciudad que décadas atrás había intentado educar en sus años de humanista. Como lo hizo el también incorruptible Robespierre sobre todas las cabezas de Francia para lograr una perfecta Fraternité, y en contextos cercanos, el mismísimo Estado colombiano en sus épocas más sacras, cuando se creía tan distante de la chusma en sus modelos prístinos de Whiskey y delfines, mandando matar desde los clubes más puros a todos los candidatos medianamente alternativos que se atrevieran a ensuciar las sábanas limpias de la tradición.
Por esa razón, y por todas las razones, el Estado otorga concesiones hoy, porque se sabe culpable, y las guerrillas enlodadas en la demencia arcaica de un modelo obsoleto deciden también discutir sus extremismos. Nadie aspira ahora a la perfección, solo los lunáticos que restan.