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Los mercenarios

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Lo sorprendente nunca fue la alocución insultante y estúpida de Piraquive en su templo de corderos.

Lo sorprendente fue, y sigue siendo, la incontenible reacción masificada del desconcierto. Pareciera que jamás, en la salvaje historia del fundamentalismo, hubieran demostrado suficientemente bien las religiones que su objetivo y su canal ha sido siempre el  arribismo y la exclusión ( por raza-ideología o credo) y que el trasfondo de todos sus discursos ha sido siempre el arbitrario y despótico del poder sin consensos, sin equilibrio y sin reglas, aunque la superficie sensiblera de sus tonos y su protocolaria pomposidad de benevolencia intenten demostrarle al mundo que las víctimas son ellas, que las segregadas y excluidas son ellas, y que requieren de piedad para no hundirse con sus catecúmenos en los barrancos de la perdición y del arrollamiento. Salvo algunas serenas y alejadas de los ritos de la idolatría (budismo-Jainismo, sijismo) todas han hecho su cupo y su lugar en el tiempo con la intimidación, la espada, la mitomanía y el soborno. Forjaron el miedo y ascendieron sus símbolos de misterio siempre inasequible y convencieron a sus círculos de un sufrimiento postmortem, infinito y dantesco, si los preceptos de la secta (todas son sectas en principio) no son seguidas o aceptadas como ordena el Papa, el Ayatolá, el Rabino, o la pastora iluminada por los rayos de “Jesucristo internacional”.

Fue en Colombia donde el yugo y el látigo de la corona penetraron con las fuerzas puras del hambre evangelizador a desmembrar la tradición y a empalar la versión masoquista y trágica  del cristianismo. Y es en Colombia donde las tesis de las iglesias reaccionarias tienen más hambre de venganza y escarmiento.  Lo hacen hasta hacer de este país plagado de mártires y santos una feria moderna de garajes que intentan disputarle a la madre inquisitorial sus dólares y arrebatarle los límites de la inverosimilitud con otras leyes radicales de pudicia.

Lo sorprendente no es  la ordenanza contra los lisiados y los defectuosos, esa es la manida ley que explayan los libros del Levítico y Números, y que repiten hasta hoy los defensores a muerte de la fe y del amor, aunque en el ejercicio de la defensa se desborde el crimen y el desprecio. Lo sorprendente es que la repulsión y el desconcierto estén limitando el asombro a renegar del aguzado lugar común de la ignorancia, y no de la orgia creciente y peligrosa entre las casas ministeriales de dios y los partidos (caldo de cultivo de las dictaduras) cuando el tiempo pareciera cimentar las razones del estado laico.

Los mercenarios de la fe unifican sus bloques. Ahora son todos, desde el protestantismo o desde la oficialidad del catolicismo impuesto, blandiendo sus cuentas insondables y atizando la moral desde todos los atriles del oficialismo, los que intentan refundar el poder que una constituyente amilanó en la alucinación del progreso.

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