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Los sofismas de Fernando Londoño

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En un video de 15 minutos, con los gestos histéricos de quien se encuentra al borde del colapso por un ataque de cólera, y con los bombos y los trombones de una marcha militar de fondo ambientando el discurso imponente de la voz de la verdad, Fernando Londoño Hoyos expone sus puntos puros y absolutos para argumentar la pureza del Estado sobre toda la destrucción de la historia.

Decreta sin margen a la duda la entrega inminente del poder a la garganta del comunismo voraz que, según su discurso empotrado en la más alta ceguera del balcón ileso a los rasguños, hará que toda la estructura de un país digno se desintegre en los hoyos sin fondo del desabastecimiento, y en una nueva dictadura dirigida por los hilos fantasmales de la URSS.

Dice, después de un juego impecable de ojos y manos para contagiar la rudeza de la contrariedad a la secta de sus siervos, que la negociación en La Habana es un diálogo entre un gobierno rendido y una guerrilla feroz que tiene como única explicación histórica su pujanza por la imposición del socialismo, y que no hay otro destino para el país, después del pacto, que un derrumbe económico total que igualará los suburbios económicos de Venezuela y de la vieja Cuba derrotada por una economía nebulosa. Tiene razón en los ejemplos prácticos de los sistemas derrotados, pero ese es el viejo sofisma del autoritarismo de las derechas puras para asustar a los desinformados y sustentar la defensa del establecimiento con todas las formas de lucha, incluida la publicitaria del terrorismo mediático, para no ceder un ápice de la arrogancia estatal contra los cambios urgentes de su humillación histórica, aunque sean pocos, y aunque sean producto de una negociación.
Solo un mentiroso profesional como Fernando Londoño puede hacer esos juegos coyunturales perfectos para cuadrar las fichas del discurso y convencer con la contundencia del contexto y de la voz indignada de quien gime por la gloria de la patria que se va, omitiendo los puntos agudos del dilema histórico sin que se noten las estrategias de su talento sofístico. Usa los ejemplos precisos para girar la atención hacia los grandes fantasmas, lejos de toda la fragilidad estatal que defiende con todos sus rugidos. Londoño nunca aceptará que el Estado empezó el conflicto con el desprecio a la plebe que le olía mal desde las altas alturas del odio, nunca aceptará el concepto exacto del conflicto, y nunca admitirá que Las Farc, tan despreciables como ellos en el mismo estatus del odio armado y enriquecido bajo los fragores de una guerra de medio siglo, son el monstruo que deben apagar negociando los errores y el desastre, ahora que el tiempo los puso en el mismo lugar de la ruina.

Dice, tácitamente y sin vergüenza, que la guerrilla es una bandola de truhanes aparecidos con el único argumento de fundar una dictadura criminal. En lo primero tiene razón, son truhanes y gavilleros como ellos, sus mentores históricos. En lo segundo se hunde en su verborrea propagandística del pánico. No son aparecidos repentinos en el tiempo; son el producto antiguo y criminal de una criminalidad oficial, y no impondrán una dictadura comunista como lo gime su honra patriótica; después de la obtención del estatus político, quedarán presos del voto popular, que los desprecia por todos sus excesos, y su máxima imposición será defender los viejos ideales que traicionaron en el delirio de la guerra junto a sus nuevos enemigos, los paramilitares desarmados que rugen también para que nadie se atreva a cuestionar, nunca más, la pureza divina del establecimiento.
 

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