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Respaldado por la presidencia y el Ministerio de Salud, el decreto que entrega vía libre a la producción y exportación de cannabis con fines medicinales y científicos, ha sido aprobado.
Era un decreto dilatado en plazos y demoras por las razones conocidas del estigma y del prejuicio en el marco de lo ilegal que, en su pantanosa concepción irrestricta de lo prohibido, ha entorpecido todas las opciones del entendimiento y ha cimentado la estigmatización en un país de moralismos de bandera que lo ha espantado todo por alterno y lejano, y por simple estupidez y miedo.
Pero para el mal augurio de los defensores de la tradición, del buen gusto y de las buenas costumbres, el progreso y las aprobaciones no quedarán en la llana atmósfera de la ciencia para estudios e implementaciones medicinales. También estará, muy pronto, aprobada para uso recreativo, como ha venido aprobándose en todos los territorios en que el futuro ha empezado a soplar con sus prejuicios rotos y sus convencionalismos superados.
No hay una justificación real y argumentada en términos serios para prohibirla, distinta a las conocidas y simplistas justificaciones que tuvo la paranoia prohibicionista del alcohol en la ya explotada historia de los Estados Unidos y su Chicago de Sangre, cuando Capone ocupaba el trono de los tronos y devastaba las ciudades donde emergían las pequeñas mafias de la competencia, con la única causa reduccionista de la ilegalidad que le permitía la anarquía de la gloria en su emporio del licor; el mismo que ahora consumen todos sin la sombra de la persecución y sin los remordimientos de la violación a la norma, y no hay ninguna justificación real y distinta a la también conocida historia del prohibicionismo que se extendió por estúpidos 100 años en Islandia, donde la mansa cerveza fue considerada antipatriota y por supuesto ilegal por la tonta idea de relacionarla con el estilo de vida en Dinamarca, que veían decadente y sucio por las viejas riñas históricas y por la pujanza obsesiva de una independencia.
Razones absurdas las hay todas para prohibir y para mantener una cotidianidad sin giros, tantas como las que inventa la humanidad para sobrevivir entre lo incomprensible y sostener su equilibrio aparente.
Dirán los promotores de la buena moral que la marihuana es la puerta a todos los vicios. Tendrán razón; tanta como la tienen los que aseguran que la pereza es la madre de los vicios supremos, sin que nadie se atreva a prohibirla. Pero Dirán los paranoicos de la adicción sin reversa que la mata criminal tiene el desliz del descontrol del cuerpo en el dominio de un psicoactivo; exactamente eso decían las políticas de la ley Seca en las calles de Chicago para perseguir las bandas de todos los suburbios sin que nunca las pudieran derrotar a pesar del exterminio continuo de los gángsters, y nadie cree hoy que el alcohol sea el autor protagónico de una adicción sin la ayuda de la voluntad y del criterio propio.
Aún con todas las supuestas razones, nadie concebiría la penalización de la voluntad para el control de los cuerpos, salvo los defensores solemnes de la tradición, o las tabacaleras asustadas por la hierba que viene a quitarles el auge de la nicotina tan aceptada en la costumbre de las parroquias y en los días comunes del relajamiento.
Todo el bullicio satanizador contra el cannabis ha sido difundido por quienes nunca lo han probado, sumados al caso exacto de los curas expertos y eruditos en cátedras de sexo, rojos y henchidos de furia en la prohibición, sin nunca haber ganado ese rubor por las excitaciones de la propia experiencia.