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Monstruos, ráfagas y exilios

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Aunque nos haya acostumbrado suficientemente bien este país a la continua expulsión de sus cerebros, por incómodos y por sensatos, y aunque el desprecio extremista de la carroña política contra sus detractores sea siempre predecible y bestial, no deja de impactar el nuevo exilio de León valencia, de Ariel Avila y Gonzalo Guillén.

Una huida desesperada y entendible ante la ráfaga letal de las vendettas. Pero lo cruento y lo dramático aquí supera la noticia del exilio. Lo cruento y lo dramático consiste en el renombre de los presuntos implicados en las amenazas. Los nombres que conocen todos; la presidencia, la procuraduría y el gremio judicial, los oficiales del ejército, la policía y lectores de prensa.

El prontuario tenebroso de un gobernador y de su círculo de sombras habla en un largo soliloquio público de oscuridad y de cinismo, reafirmado y repetido por decenas de testigos que ya empiezan a narrar con más intensidad sus convicciones, tiempo después del sepulcral silencio en el que nadie quería recibir el ya esperado estruendo   de las balas. Se empieza a develar la larga y extendida historia de los muertos que cayeron siempre alrededor del mismo círculo y del mismo nombre peligroso.  Y lo dramático aquí no circula totalmente alrededor de este fango de mafia y diplomacia. Lo dramático se extiende al ya conocido contexto de lo insólito y logra su máxima significancia y acepción cuando el poder judicial y el ente que procura y que resguarda el equilibrio de la rectitud y la honradez de funcionarios públicos parecen creer estar al frente de un pequeño caso de desorden bucólico.

Las respuestas y las declaraciones de los organismos de control son eufemísticas y simples, “el caso sigue investigándose”,  lo dice el polémico señor de siempre, el procurador incauto que sigue arrastrando su rabo de paja para mil incendios, el reelegido en una terna de dos, el intrépido benefactor de sus aliados. También investigaba, decía, el prontuario peligroso de Alberto Rojas Ríos, el magistrado acusado por estafa y robo que hasta hoy sigue impartiendo justicia desde el centro del escándalo. También afirmaba lo mismo sobre el pacto burocrático de Roy Barreras y su iglesia aliada en el boicot contra el aval del matrimonio igualitario.  También lo decía sobre la turbia contralora general Sandra Morelli. Con toda la flagrancia de las pruebas en las manos, nada ha sucedido hasta hoy, como nada ha sucedido nunca en la caverna impune del desangre.

¿Y es que alguien en su honda lucidez espera que en el país del contubernio entre la criminalidad y los oficialismos se llegue a las instancias esperadas del ejemplo judicial y de los fallos lógicos? ¿Alguien cofia hoy en la justicia que aplaza y dilata la investigación a fondo de los magnicidios, de los peculados cósmicos y de la histórica estafa del erario en las curules intocables? ¿Alguien espera que en la “patria” de la paja infernal se enciendan entre todos la gigante hoguera  de sus culpas? La justicia enmohecida se ríe detrás de los hacinamientos carcelarios, la generalizada opinión omite los escándalos monstruosos, la preclusión de los casos más sórdidos en esta historia sórdida del hampa apesta. Y mientras tanto se van, amenazados,  los últimos sensatos, lejos de esta feria mortal de obscenidad y de silencio.

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