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Se cumplen 258 años del natalicio del músico que en la historia quedó perpetuado entre los resplandores de su infancia.
La referencia general, al escucharse esa también palabra genérica ?Mozart? aunque no se haya escuchado su obra en la disposición consciente del deleite, se traslada, por el runrún de la leyenda, a esas primeras temporadas increíbles en que el público de Viena, abarrotado en el Burgtheater, era testigo presencial del prodigio que a los cinco años interpretaba minuetos en el teclado como quien hace lo que lo que la experiencia le deja desplegar en la relajación del dominio.
El título de prodigio que le entregó la historia y la histeria de sus contemporáneos no es desmedido ni idealista. Tenía 14 años cuando ya contaba entre su obra con 2 óperas y cuarenta piezas entre Sinfonías y Arias. Era Una anomalía entre los genios, y era perfectamente natural que ese teatro restallara de impacto y de incredulidad al escuchar la sincronía de su atrevimiento inconsciente. Imaginaba la música desde la lúdica, se divertía en la acción, y es justamente así como describen los gurús del tema a toda la extensión de su repertorio “música elevada y elemental sin arandelas ni excesos”. Por eso sigue siendo escuchado por los rasos, por los legos, por amateurs, por melómanos selectos y por las altas sectas idólatras de Wagner en una sumisión total, más en el término del disfrute que en los códigos críticos del canon.
Su música sigue trascendiendo a los renombres, a las estirpes y a los siglos. Lo hace hasta el nivel injusto de opacar a sus también contemporáneos prodigios subyugados por la inclemencia de su sombra: Antonio Salieri, Johann Christian Bach y Christoph Gluck, aunque su propio prestigio tiempo después de su infancia deslumbrante haya sido víctima del juicio fatal de quienes se negaban a aceptar a un genio adulto. Les parecía ya normal que un hombre maduro pudiera componer las Bodas de fígaro y la Sinfonía Júpiter, les parecía común que el magisterio tuviera un rostro de hombre y que se deleitara con la agudeza de otros gestos en el estreno de La Flauta Mágica.
Amadeus, en su intimidad, porque Mozart parecía quedarse para siempre en el capricho de sus viejos testigos, declinaba en el tiempo, pero antes escribiría la más triste, brutal y tremebunda misa para difuntos: el réquiem que, según su premonición y su leyenda, predijo su desaparición de la estridencia de los hombres que lo dejaron ahogar en las ofensas del hambre y lo lanzaron a una fosa común cuando los brillos de la gloria eran remotos y extintos por el frio vulgar de su cadáver.