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Se proyecta el país hacia los giros económicos y sociales del nuevo año, y ya son evidentes los ruidos por el incremento de intereses decretados por el Banco de la República, el alza astronómica del Iva sobre el aumento irrisorio del salario mínimo; el fenómeno del niño y sus efectos en los sectores alternos del sostenimiento, y los vaivenes del dólar y sus coletazos en la economía nacional.
Puntos nada despreciables para sospechar que el año no será un paseo entre jardines como suelen vaticinar los tarotistas del Palacio de Nariño.
Para dilemas mayores se espera que el proceso de paz finiquite por fin el pacto entre los dos bandos del desastre, y la historia de la guerra termine oficialmente con los puntos firmados sin opciones a nuevas vendettas. El gran evento del año, sin embargo, no será el pacto anhelado del cese definitivo de la guerra: será el inicio del posconflicto, un proceso histórico mucho más arduo y duro que el mismo proceso de paz en curso, y será el que determinará finalmente lo que una sociedad enferma de odio está dispuesta a hacer para lavar su historial de verguenza y su cultura de ideas impuestas y defendidas con la muerte. Ese es el proceso crucial en que la sociedad determinará sus nuevos augurios y delineará las formas en que convivirá en un futuro con los resentimientos superados. Esta no ha sido una historia que se renovará cuando Timochenko y el jefe del Establecimiento firmen el acuerdo sobre todos los acuerdos, y todo el desangre no se verá reivindicado con bolígrafos sobre un papel de juramentos solemnes. Todo el simbolismo y la parafernalia son necesarios para concretar un diálogo equilibrado y clausurar sus conclusiones, pero el posconflicto será el margen de tiempo en que el país demostrará su altura o su bajeza para practicar lo que su retórica de cultura feliz y sospechosamente amable ha querido proyectar siempre en la cotidianidad de su sobrevivencia y ha usado para ufanarse de ser un país resiliente y bravo para sostenerse entre los dramas y nunca sucumbir en la quejumbre.
Será el inicio del tiempo en que la integración de los bandos estigmatizados se verán cara a cara en un día común, entre las calles de la costumbre, y los civiles los verán pasar en los distintos oficios de una vida normal, con el prejuicio a cuestas y el resentimiento natural entre la sangre, pero con la obligación histórica de entenderse en un proceso también histórico de saneamiento y perdón que determinará el progreso en el tiempo o el retorno a un nuevo desmadre civil que podrá procrear los nuevos monstruos históricos de otros gérmenes de odio, como actualmente lo son las llamadas eufemísticamente Bacrim, que no son más que los reductos descontrolados de desmovilizaciones ficticias que el uribismo cree haber hecho con el oficialismo de un proceso puritano, y por lo que hoy sigue prófugo el ex comisionado de paz Luis Carlos Restrepo.
Será el inicio de un proceso de rehabilitación psiquiátrica, y la disposición hará que se convierta en una esquizofrenia brutal, o en un posicionamiento racional sobre la antigua barbarie.