Obama y el Fin

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Sin idealizar más allá del romanticismo implícito del fenómeno Obama, tan épico y tan lírico entre la tradición de un racismo enfermo y una altivez militarista, su discurso final fue exacto a la imagen que irradió durante sus ocho años de gobierno, aunque fuera torpedeado por las fuerzas que le atajaron sus efectos más puros.

La historia no negará la coherencia de sus resultados: la finalización, aun polémica, de una guerra tormentosa en Irak y Afganistán; la reforma a la salud desde su bandera insigne: el Obamacare que instauró como un golpe entre el espanto de las derechas, contra todos los ruegos de los economistas tradicionales, pese a todas las recomendaciones de sus asesores en logísticas internas; la superación de una crisis que tuvo el mismo estatus de la gran Depresión; la restauración de la tranquilidad con su fantasma atávico, el armado Irán;  y un acierto en la obligatoriedad de la seguridad que supo defender aun cuando el humanismo lo desbordaba y un Nobel de paz le suspiraba en su nombre: la muerte de Bin Laden.

Afianzó el simbolismo de su romanticismo al desentrabar enemistades eternas con Cuba y cerró los viejos capítulos del resentimiento con Hiroschima y Nagasaki en una tímida contrición pública ante el mundo que no sobrará nunca. Hizo de su discurso un atril contra el armamentismo de sus ciudadanos contrariando los poderes absolutos de la Asociación Nacional del Rifle sin que ninguna de sus propuestas tuviera resultados a la altura de su segundo gobierno, ya cercado por una mayoría republicana en el congreso y por los intereses de los consabidos.

La imagen de Obama llorando de impotencia después de la masacre en la escuela de Connecticut ya era un reflejo de los límites imprácticos de una presidencia que ya no coordinaba la teoría humana con las reglas del juego interno de un imperio y con la brutalidad inmensa de 50 Estados apenas nacientes de una vieja tradición de rencores. Esa escena, tan lírica y tan épica, tan tierna y tan bestial, sintetizaba la fragilidad y la contradicción del poder que después se volcaría aún más en su contra con su intervención en Siria y entre la maraña histórica de ISIS y un gobierno legítimo con visos de despotismo y diplomacia. Allí se encontraría con quien nunca quiso encontrarse en el lenguaje bélico del pulso, con el Zar Putin y su ejército Imperial. Esa intervención, dubitativa y prudente pero finalmente invasiva, no lo pudo salvar del mismo juicio con el que se condenó a sus antecesores emperadores y policías ilegítimos del mundo.

Tampoco ha podido salvarse de la aberración de la Base de Guantánamo aunque fuera el símbolo central de las viejas aberraciones que quiso anular con sus discursos. La práctica y el pulso con un congreso militar no le dejaron elevarse sobre la prisión de su propio lenguaje, y es en la práctica en la que se vierte la historia y se diluye.

El tiempo por lo tanto ha dicho que no fue suficiente el grito placentero ante un giro histórico que parecía irreversible cuando un negro liberal juró partir la historia de una tradición esclavista. El tiempo ha dicho que los ultras blancos y el Tea Party tienen ahora la potestad para sellar otra dirección, y esa pequeña revolución, tan lírica y tan épica, puede reducirse solo a la literatura cuando la reforma a la salud y el saneamiento teórico de la constitución sean escupidos  por su antítesis. Así de irónica y de cínica es la ingenuidad y así de cruel es la frágil historia del mundo.

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