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Está muy bien que el presidente Santos quiera entregarle prioridades a la búsqueda de esos nichos neurálgicos de la vergüenza: esos campantes y alegres desfiles de la corrupción en la cara de un país amaestrado por los sátrapas sin miedo.
Suena muy bien que su siguiente cláusula sea nombrar un Fiscal permanente y exclusivo a la derecha de la presidencia para investigar los carruseles de contratos y los escándalos de la Unidad de protección, y las profundas alcantarillas podridas que puedan abrirse después de las próximas a descubrir, que suelen ser las más inverosímiles y oscuras, porque en Colombia la historia del terror parece revelarse más técnica y estructural sobre los tiempos, perfeccionada entre los plazos de la impunidad. (Sobra decir que el gran terror lo imparte el mismo Estado con sus curules vendidas y sus carruseles ofrecidos al postor más exquisito). Todas las medidas contra los principios volubles de la corrupción son elogiables.
Pero pongámonos más serios. Si la disposición va a ser real y la severidad tan íntegra y recia como suena, van a tener que caer también las mismas vacas sagradas que quedan entre los últimos altos cargos del poder que dejaron los prófugos, y que de frente a todos los asombros y los espantos siguen allí, bendecidos y empotrados por la gracia de la antigua mancuerna entre el poder y sus instituciones vigilantes. Su Santidad Alejandro Ordoñez fue reelegido en una terna de dos, en la cara del país entero y sobre todas las leyes, sin que esa clara falta a la legalidad, en una obvia olla podrida de intereses, haya tenido reprimendas de la presidencia, hasta hoy. Ese cargo que procura la decencia de los funcionarios públicos sigue ocupado por el perseguidor de homosexuales y mujeres, repitámoslo, el mismo que cuenta a sus espaldas con 30 procesos penales activos, sin nombrar los inactivos, y el mismo que sigue dispuesto a seguir imponiendo su biblia sobre la constitución, que le parece tan herética y obscena por liberal y contraria a su godarria enferma. Una terna de dos: ese es el estricto protocolo de pureza estatal en el que juran bandera los procuradores en Colombia, con la complicidad de todos los silencios y sobre toda la retórica de la persecución a los corruptos.
También tendrán que caer entonces, si la disposición presidencial es tan letal y tan firme, los protagonistas de la segunda mano de todos los cohechos que pertenecen a los cuerpos sagrados del poder y que no son judicializados por lo mismo, y por lo que hoy, el cohecho en Colombia sigue siendo un cohecho de uno, y no de dos. Así funciona la lógica aunque se rían todos. Que lo diga Yidis Medina y sus sobornadores de renombre que jugaron al póker con los jueces y siguen allí: que lo digan Sabas Pretelt y Diego Palacio, y que lo digan todos, que hablen todos de decencia y pulcritud ahora que la presidencia amenaza con apretar el vendaje imparcial de la justicia: que hable el ministro Andrés Felipe y la contralora Sandra y la exdirectora del centro de operaciones del paramilitarismo María del Pilar y los generales de los crímenes irregulares. El presidente sabe que los carruseles no son solo los caballitos de contratos que se tragan las ciudades sin modestia, y que ambiciona demasiado. Pero podría empezar por los casos gordos y sonoros.
Por primera vez en su segundo cuatrienio, presidente: un ejemplo.