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La peligrosa solemnidad que se repite en Colombia cada vez que un dilema común o un espectáculo enorme centran la atención mundial en su gentilicio y en su territorio, explica generalmente la esencia del lío cultural que aún sigue queriendo entenderse bajo esa extraña ambivalencia del país entre la violencia más cruel y la amabilidad más cándida.
Aunque se haya repetido en todas las versiones y las formas una guerra civil desde el mismísimo siglo XIX con la patria boba y sus argumentos increíbles, y el odio interno continúe aunque la guerra sin tregua haya demostrado todos los estragos de la impulsividad, basta un comentario positivo o destructor desde las antípodas del mundo para que el patrioterismo aquí se enfile ordenado en bloques de indignación o efusividad que envidiaría cualquier Estado frágil en sus fundamentos de nación. Y el peligro es justamente ese; una tendencia enfermiza a defender lo indefendible o recalcar intensamente lo que ha sido reconocido, sobrepasando el concepto patriótico hacia la atmósfera aguda del patrioterismo donde el orgullo de nación adquiere tintes de comedia y circo, y donde todo lo que importaba o tenía relevancia en el principio deja de tenerlo, y el bullicio de la excitación toma todas las banderas y se muere en fiebre.
Sucede en todos los temas y los ángulos: desde el mismo proceso de paz, en el que toda la discusión cotidiana circula alrededor de la tradición y la legalidad más pura, y a la visión exterior frente al desenvolvimiento de la negociación, y no alrededor de las causas históricas o coyunturales, donde el problema central cobra sentido y puede entenderse para superarse con un concepto de nación transformado. Sucede en la misma sacralidad de los rituales, en que el himno o la persignación tienen más fuerza que el contexto; y en los espectáculos colectivos o en el arte, en que el orgullo inevitable de repente cobra dimensiones feroces, y las obras o los espectáculos terminan relegados por el fervor, como sucede ahora con la nominación de la película de Ciro Guerra, El Abrazo De La Serpiente, ante la cual se volcó el país entero impulsado por la proyección internacional que ha posicionado a Colombia por primera vez en las esferas del cine.
La aprobación de la Academia y los despegues de los productos colombianos son plausibles; ha corrido suficiente agua bajo el puente y los atrevimientos demuestran por fin las dimensiones de las apuestas alternas. El fervor nacional, sin embargo, confunde la proeza artística con la imposición y el realce de una nación en una obra, y la nominación a la obra con el respaldo al país. Nada tiene que ver lo uno con lo otro, y aunque la película revele comunidades y culturas que antes habían sido silenciadas, la revelación artística trasciende toda visualización de una etnia o de un país, y alcanza dimensiones universales en las que justamente el arte logra mover las fibras de un espectador desde el lugar protagónico hasta el más nórdico de los rincones, y es justamente eso lo que suele premiarse: la universalidad de una propuesta y las revelaciones humanas que una historia común puede lograr.
El patrioterismo no es nada más que la imposibilidad de percibir objetivamente el lugar donde se ha nacido, y creer que ese lugar, con la única virtud de estar anclado al ego del gentilicio, tiene los argumentos suficientes para defenderse con todos los bríos. No solo es ridículo, sino peligroso, y es desde allí donde se crean los nichos de la imbecilidad y el crimen.